El retorno dal exilio

Patrofilo, junto con los suyos, movido por la situación, pusieron a Eusebio en otro cuarto y le permitieron a hablar con los visitantes. Eso pero no duró mucho.

Después de un día  todo empezó nuevamente. Armados de palos, fueron a su cuarto, lo arrastraron a fuera y lo colocaron en una celda angosta, más baja que él, de modo que debía quedar agachado y casi inmóvil. El resistió hasta la muerte del Emperador Constanzo. Los que estaban con él cuentan que, alimentado por la mesa celestial, estaba tan fuerte que no parecía haber estado en la cárcel. Animaba a los suyo, garantizando que habría regresado luego a su tierra. Visitaba a las iglesias católicas  de los alrededores escribiéndoles cartas.

Envió también en la ciudad de Vercelli una carísima carta llena de exhortación para todo el pueblo con el fin que conservase la fe que él había predicado. Mandó una carta a la Iglesia de Milán, para que no tuviera otra fe si no  aquella aprendida con su obispo Dionisio.

“Me alegro, hermanos e hijos, por vuestra fe, me alegro por los frutos abundantes, como el agricultor que se dedica con todo cuidado a cultivar plantas elegidas. Os pido insistentemente de guardar la fe con toda vigilancia, de guardar entre ustedes la concordia y dedíquense constantemente a la oración. Os ruego, aun, que cada uno de ustedes reciba de esta mi carta un saludo personal. Con esta carta me dirijo a todos los hermanos (sacerdotes y diáconos) las santas hermanas (del cenobio femenino), a todos los jóvenes de todas las edades.

Muerto el Imperator Constanzo, el Emperador juliano, su sucesor, vino a Constantinopla y pensaba como ganar la simpatía popular concediendo algún favor. Era calculador. Sabía que Constanzo era odiado por el pueblo; que los Obispos católicos habían sido expulsados de la Iglesia y confiscados  todos sus bienes. Los Santos Padres estaban en exilio injustamente.

Juliano condenó la crueldad de Constanzo con sus súbditos acusándolo de enemigo de la paz. Ordenó que los Obispos llevados en exilio fueran liberados. Que cada uno de ellos viviera en paz bajo la ley que prefiriera y sus bienes confiscados le vinieran de vuelto. Ordenó que fueran nuevamente abiertos los templos de los paganos y de los judíos, recomendando que no fueran perjudicados los cristianos, ni los judíos, ni los paganos. Quien no quería sacrificar que no fuera obligado, quien lo quisiera no le fuera impedido y se preservara la paz. Sucedió que él pasó del todo al paganismo. En esta época los obispos volvieron del  exilio y retomaron cada uno su sede episcopal.

Después de dejar a Scitopoli, Eusebio alcanzó a Atanasio en Alejandría de Egipto donde hubo un Concilio. Vinieron Obispos de toda parte para tratar las cosas más importantes y necesarias. No introdujeron en la Iglesia ninguna enseñanza nueva, más confirmaron la primitiva y tradicional doctrina. Reafirmaron su fe en el Concilio de Nicea, para mantenerla intacta. Profesaron la consubstancialidad de Padre, del Hijo y del Espíritu santo y la denominaron Trinidad.

En el Concilio de Alejandría de Egipto quedó establecido que Atanasio se dedicara por la restauración de la fe en Oriente y que Eusebio, Obispo de Vercelli, por voluntad de los Obispos y por nombramiento del papa cuidara el Occidente. Por esta razón Eusebio llegó a Roma y se
encontró con el papa Liberio, que lo recibió con gran alegría. Eusebio entregó su profesión de fe, que fue archivada en Roma. El Papa Liberio dijo de él. ”Veo que eres un verdadero sacerdote y un buen soldado. Trabajas como tal. Luego recibirás el premio del reino eterno. Ruego a Dios que puedas volver a tu sede sano y salvo. Te recomiendo el rebaño de Cristo, por el cual Él sufrió, murió y está sentado en la gloria del padre. Estoy seguro de que el Espíritu está contigo para confirmar a su Iglesia, que sacaste de la boca del demonio con tus palabras y con tu ejemplo, y que exulto de alegría, reforzada en la fe y en la unidad divina. Cristo Señor te guarde ahora y siempre, glorioso hermano “. Diciendo esto lo bendijo y él partió.

San Eusebio entró en la ciudad de Vercelli y el pueblo lo recibió con júbilo, que lloraba de alegría, y fueron a su encuentro cantando himnos y diciendo: ”Bendito sea el Señor nuestro Dios, que te restituyó a nuestra iglesia. Él tuvo misericordia de nosotros para que no nos perdiéramos en el veneno diabólico. Él te restituyó a nosotros, liberador y salvador. Como nos enseñaste a viva voz y confirmaste desde el exilio y con tus cartas, nosotros profesamos que nuestra fe en Dios Creador permaneció solida y tus beneficios están todavía vivos en nosotros”. Así cantando las Letanías, lo recondujeron en su sede.

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