El exilio a Scitopoli

En el mes de junio del año 355 terminó el Sínodo de Milán. Luego empezó el exilio de los tres Obispos que no habían firmado el decreto imperial. Tuvieron que recurrir millares de kilómetros bajo la escolta del Emperador para llegar al oriente, aquel oriente donde el arrianismo fue impuesto por la “normalización“ de Constanzo .En aquel vastísimo territorio quedaron solo Atanasio y algunos Obispos egipcios a proclamar la verdadera fe cristiana.

Eusebio no pudo ni siquiera volver asta Vercelli para despedirse de su pueblo, de su hermano e de su clero. A los exiliados no era permitido llevar nada consigo. Eusebio fue conducido bajo escolta militar hasta Scitopoli, al norte de la Palestina. El Obispo local era Patrofilo, cuya firma constaba en el documento del Sínodo que declaraba Atanasio sacrílego y que Eusebio se rehusaba a firmar.

Santo Epifanio escribirá de Patrofilo “era muy poderoso por su riqueza y por la amistad con el Emperador Constanzo. Se distinguía por su audacia y crueldad”.

Lucífero de Cagliari fue enviado a Siria, Dionigi de Milán fue en Capadocia. Los tres hicieron juntos un largo tramo de su camino. También Pancracio e Hilario fueron exiliados y no pudieron nunca volver a Roma.

El exilio, en la legislación romana, era una pena que consistía en la deportación para lugares desiertos de Asia y de África. El condenado no perdía la libertad, mas quedaba privado de la ciudadanía de los derechos civiles y de los bienes. Denia vivir en una tierra extranjera, siempre vigilado por militares. Despojados de bienes, debía buscar su propio sustento con su trabajo o mendigando, en el caso fuera anciano. Muchas veces el exiliado caía  en la miseria y moría, lo que sucedió a Dionisio.

La pena del exilio era perpetua. Podía ser revocada por la indulgencia del Emperador que exigía, por lo menos, el arrepentimiento del delito cometido. El delito de Eusebio y sus compañeros fue lo de no obedecer al Emperador.

San Ambrosio de Milán, mas tarde, describirá estos hechos en una magnifica página: ”Por su fe, Eusebio escogió la dureza del exilio, después de unirse a Dionisio, de santa memoria, que cambió la amistad del Emperador por el exilio voluntario. Así aquellos hombres dignos de nuestro recuerdo, cuando rodeados de soldados, fueron echados fuera de la Iglesia, pareciendo un triunfo del Emperador, comprobaron el poder del reino por la fuerza de su espíritu. Ellos que no se intimidaron por las armas de los soldados, vecieron la crueldad de los espíritus feroces que no consiguieron todavía manchar su santidad y su fe. La ira del rey es como la ira del león, dice el libro de los proverbios.

Se reconoció derrotado aquel que pedía su cambio de opinión. Ellos, pues, consideraban su doctrina más fuerte que las espadas de hierro. La incredulidad fue herida a muerte, como la fe de los santos permaneció ilesa. No se lamentaron ser enterrados fuera de su patria porque sabían
que tenía una morada reservada en el cielo. Iban errantes por todo el mundo, como aquellos que nada tienen y todo lo poseen.

En cualquier lugar se paraban, lo consideraban agradable. Nada le faltaba porque tenían el tesoro de la fe. Ellos que no tenían donde vivir, enriquecían a los otros, por que eran ricos de gracia. Eran puestos a prueba, mas no sucumbían a los ayunos, en las prisiones, en el cansancio, en las vigilias. En su debilidad encontraban fuerzas. No lo abatía el frio de las regiones glaciales porque su devoción y su ardor de espíritu eran su primavera. No temían las cadenas de los hombres porque Jesús lo había librado. No deseaban ser liberados de la muerte porque Cristo los resucitaría.

Esta fuerza, Eusebio la conquistó por la vida en el monasterio. Acostumbrado a una regla austera él se hizo tolerante a los cansancios. Eusebio era ciertamente digno de ser admirado por los ¨lo ángeles cuando luchaba para alcanzar el premio de Cristo, cuando peleaba para llevar en este mundo, una vida angelical, para rechazar la maldad del demonio. El mundo lo admiraba para imitarlo”.

La expresión de Ambrosio ”el mundo lo miraba para imitarlo”, no es una sola frase de efecto. Es un retrato de la realidad. Atanasio, en su Historia de los Arianos dedicada a los monjes del desierto, cuenta que ”en los lugares donde pasaba a pesar que estaban encadenados, evangelizaban y realzaban la fe verdadera. Atacaban la herejía y desenmascaraban Ursacio y Valente. Cuanto más se distanciaban suscitaban más aversión a sus enemigos. Al pasar de estos santos hombres fue una verdadera predicación contra la impiedad de sus adversarios. Todo lo que veían a los exiliados en camino admiraban aquellos confesores de la fe y rechazaban a los arianos como gente impía y como verdugos. Los llamaban de todo, menos que cristianos”.

Algunos discípulos de Eusebio, alguno del cenobio de Vercelli, habían seguido el Obispo en exilio voluntario. Eran ellos: Tigrino, presbítero, que Eusebio cita como compañero de prisión durante la opresión de Patrofilo; Honorato, cuya lapida recuerda que él compartió con su maestro Eusebio el exilio y la cárcel; Gaudecio, que al fin de su exilio, Eusebio envió para Vercelli como su vicario para calmar la agitación del pueblo.

Scitopoli distaba treinta Km. de Nazaret. En la casa de José, los discípulos formaron un pequeño cenobio. Retomaron la vida familiar de oración, estudio, disciplina ascética, pensando en la Sagrada Familia que allí cerca había vivido en el anonimato y en la oración bajo la mirada de Dios.

Poco después  llegó Patrofilo que ordenó a Eusebio el cambio de domicilio. Debía vivir en un domicilio  cerrado, bajo custodia militar. También en la casa destinada da Patrofilo o pequeño cenobio, continuaba su vida cristiana.  Muchos hermanos cristianos, que vieron  a  Eusebio y los suyos llegar, van a visitarlo y hablan de su fe.  Su fama se extiende.  Llega para verlo, Epifanio Obispo de Chipre, acompañado por los cristianos. Desde Vercelli llegan cartas. Eusebio y los suyos mantienen relaciones a través de una densa correspondencia. Reparte la ayuda que recibe de Italia entre si y los pobres del lugar. Eso toca a  la población que ve en estos extranjeros verdaderos cristianos; en vez de especular sobre difíciles formulas teológicas y vivir como ricos cortesano, usan el tiempo para rezar y pensar en los pobres. La devoción por Eusebio crece.

Patrofilo no soporta todo eso y comienza a perseguir a Eusebio, el cual llega a practicar huelga de hambre. De repente cesan las cartas desde Italia. Eusebio se preocupa. Imagina que los cristianos sigan siendo sometidos a la violencia para traicionar a su fe; qué festejan siendo tratados por falsos eclesiásticos, y que en esta angustia, pasarían a olvidarlo.

De inmediato llega de Vercelli el Diacono Sirio y el exorcista Victor; la fiesta es grande en la pequeña casa del Cenobio.

Patrofilo había prohibido a Eusebio de escribir. Con muchas precauciones Eusebio escribe una larga y apasionada carta a sus hijos lejanos. Describe todo: alegrías, dolores, lágrimas, golpe, huelga de hambre. Escribe con mucha emoción que llena las páginas de vida, igualmente no siendo en un latín clásico, ma en una sucesión de términos intercalados y vibrantes.

El pueblo de Vercelli conservó por mucho tiempo con veneración la carta de su Obispo exiliado. Entre las líneas late el corazón de su padre en la fe.

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