Espiritualidad: Padre Dario y Madre Eusebia Discipulos de jesus crucificado - Revelación suprema de amor

… La grande Obra de Dios…

El  ícono que mejor representa la vida y la  misión del Padre Dario (1865-1930) y de Madre Eusebia Arrigoni (1868-1939) es aquella de dos personas que podemos siempre encontrar de rodilla a los pies de la cruz.

Dios Amor ha guiado la existencia de ellos por caminos  no siempre  humanamente comprensibles. Padre Dario y Madre Eusebia se han sentido constantemente objeto de la divina providencia. Siempre han creído al amor de Dios y a Él se han abandonado, llenos de confianza y de santa audacia, aun en los momentos más difíciles, oscuros y dolorosos. Toda la vida de nuestra familia religiosa de Hijas de San Eusebio de Vercelli, ha  nacido desde la cruz.

“Dios solo” es el verdadero motivo de su historia, a través de la continua búsqueda de la voluntad de Dios, la acogida de sus designios, las purificaciones siempre más profundas, se hicieron “Obra de Dios”. Y se han hecho juntos a todas las hermanas que, atraídas por Dios, han seguido sus huellas y junto a todos los pobres y abandonados, amados con predilección.

Cuando Padre Dario y Madre Eusebia hablan de su “gran  Obra” tienen la clara percepción que viene de Dio. Se sienten portadores de un gran amor y de una gran compasión, sacados del mismo corazón de Dios, que los envía a una gran muchedumbre de sufrientes, rechazados, abandonados por todos, para manifestarles a través del humilde y gozoso servicio cotidiano, el gran valor de su dignidad... son las niñas de los ojos de Dios, son hijos predilectos del padre, son Jesús que continúa su encarnación, su pasión y su resurrección.

La “gran obra” es como un único Jesús crucificado, alrededor de aquel doloroso abandono se mueve la liturgia de la caridad de los fundadores y de las primeras hermanas, como la pequeña iglesia naciente al pie de la cruz. Una liturgia de paternidad, de maternidad, de fraternidad, de ahijado que lava, cura, perfuma las llagas de Jesús en los pobres, en los sufrientes, en los pequeños, en los abandonados: las llagas del Cristo Total depuesto en las rodillas de María que vive la maternidad universal.

El Señor nos pide tener ojos capaces de ver y corazón capaces  de  coger toda la ternura y la sacralidad del cual trasudan el lenguaje y los gestos de Padre Dario, Madre Eusebia y de las primeras hermanas, en confronto de aquellos que solo una gran fe y un amor sin límites  logran a llamar, con espontaneidad y hasta con transporte… nuestras perlas,  nuestros tesoros, nuestras joyas, nuestros patrones…

Al inicio de la “gran Obra”, el servicio de la caridad se le llaman “ministerio”, entonces un culto sacerdotal y real, tributado con medio de extrema pobreza, pero con dignidad profunda. Las primeras hermanas debían sentirse honradas, invitadas a ofrecer, con respeto, sobre un plato o una bandeja, el vaso de agua al más pequeño de sus hijos sufrientes. Padre Dario había encontrado de verdad el manantial del amor evangélico, del amor eucarístico, del amor sacrificial de Jesús. Este amor indicaba a sus hijas como programa permanente de vida, un programa que aun nos habla a través de la frase escrita al ingreso de la casa madre de Vercelli: ”El culto de los pobres forma parte del culto de Dios. Ellos se deben honrar como los santos en los  altares”. (Crisóstomo).

Los pobres debían quedarse por siempre la heredad más preciosa recibida por Dios en el llamado inicial. Ningún fragmento de humanidad debía perderse o quedar excluido por la invitación del amor en el que Dios llama, en unidad, todos sus hijos dispersos. Lo confirma el deseo de Padre Dario de añadir en las primeras constituciones mano escritas el cuarto voto: comprometerse con toda su vida y por siempre al servicio de los débiles, de los últimos, del indeseado o de cualquier modo abandonado. La iglesia no consintió de añadir este cuarto voto, pero el espíritu queda vivo en toda su sustancia. A cualquiera que  nos pregunte  dónde está nuestro verdadero tesoro, señalando los “pequeños” de cada tiempo y lugar, deberíamos responder:”… ¡He aquí nuestras joyas!”

Como sucedían en los primeros años de fundación, aun hoy no se debería concebir la familia de las hijas de San Eusebio de Vercelli  sin los siempre nuevos pobres, cualquier sea su rostro, a través de los cuales Jesús crucificado y abandonado continua a repetir: …”A mí lo hicieron….”

… La primera chispa…

Muchas veces en nuestra vida de hijas de San Eusebio hemos vuelto a aquel encuentro, que todas sentimos inicial y providencial.

Estamos en los primeros días del año 1897. Dos jóvenes hermanas de la congregación del Santo Natal de Turín, mendigaban, entre las cuales Sor Francesca (futura madre Eusebia), como de costumbre fueron acogidas y hospedadas en la casa de la familia Bognetti de Albano Vecellese. Por la primera vez en la casa está presente Padre Dario, Vice párroco a Confienza Lomellina.

Es aquí que viene el primer y providencial encuentro, de aquí nace la primera chispa de la “gran Obra”, pero los dos instrumentos de Dios lo  ignoran completamente. Padre Dario lleva en el corazón algunas inquietudes que lo tiene en actitud de búsqueda del camino de Dios. Está feliz de su sacerdocio, pero un llamado en el llamado parece entrar en su vida. Sor Francesca le parece la persona certa y sabia para pedirle consejo.

Le confía: “…Hace tiempo que deseo ser misionero o irme en alguna casa religiosa como capellán o ser guía espiritual de algún monasterio.”

Sor Francesca, superando el malestar interior en dar consejo a un sacerdote, así le contesta: “…Recuerde que usted es hijo único y sus padres ya están en edad avanzada. Las misiones ya las tiene en sus manos, ahí donde la obediencia lo ha puesto en la ciudad de Confienza. Si después será voluntad de Dios que usted sea padre espiritual o capellán de algún instituto o congragación puede estar cierto: a su tiempo el Señor se lo concederá.  Por mientras haga con alegría la santa voluntad de Dios obedeciendo a su párroco”.

¿Quién, si no la Providencia, inspiró a Padre Dario a manifestar justo a Sor Francesca sus más intimas inspiraciones? Aquí inicia un dialogo espiritual de intercambio reciproco que marcará el camino de Padre Dario y Madre Eusebia en un continuo “santificarse junto”.

El encuentro de Albano Vercellese se concluye simplemente con un pedido por parte de Don Dario a Sor Francesca para que intercediera hacia sus superiores a favor de dos jóvenes que deseaban hacerse religiosas, pero por falta de la dote, no eran acogidas en ninguna comunidad. Él como guía espiritual, se hace garante de sus vocaciones y de sus voluntades listas para servir al Señor.

La providencia divina dispone que, el mismo día en que  las jóvenes que habían sido recomendadas, entran en la congregación del Santo Natal de Turín, Sor Francesca, con gran sorpresa y dolor, viene rechazada y despedida del mismo Instituto. Es la mañana del 29 de Marzo de 1897. Con corazón adolorido y en contra de su voluntad, sin saber, ni entender esta improvisa decisión, Sor Francesca (Luigina Arrigoni) sale del Santo Natale, seguida por Sor Cristina, que libremente decide acompañarla en esta dura prueba que injustamente tiene que vivir. Quién sabe, por toda la vida se cuestionará el porqué de este inexplicable evento. Tampoco a su hermana, Sor Daria Arrigoni (1894-1975), sabe dar las motivaciones de lo que había sucedido. Después de la muerte de la madre Eusebia, será aun Sor Daria que sentirá la necesidad de ir donde la fundadora del Santo Natal, Madre Natalia, ya anciana y casi ciega, para recibir directamente luces sobre el acontecimiento. Acogida con gran conmoción, no recibirá de la Madre si no aprecio muy positivo hacia Sor Francesca.

Podemos aun hoy en día preguntarnos porque, sin otra respuesta sino aquella que viene por designio providencial de amor, que nos supera y que guía los eventos hacia un bien que solo Dios conoce. Así sucedió a José, vendido por sus hermanos como esclavo en Egipto. Ha vivido años de llanto y rebelión antes de entender porque había sido vendido. La palabra de Dios nos explica todo como evento de salvación: José es un mensajero de Dios que espera a sus hermanos.

Es en este momento que Luigina Arrigoni (Madre Eusebia) empieza a percibir su llamada como secuela de Jesús crucificado, suprema revelación del amor de Dios. Es a partir de aquí que ella advierte, como paz de corazón en la oscuridad de la prueba, de ser interiormente guiada por el mismo Jesús. Será Él que le indicara las misteriosas vías de la voluntad de Dios en su vida. Abraza la cruz y parte…,  a donde Dios le indicará, sin algún proyecto o apoyo humano. Solo la luz de  la fe y un gran amor a Dios la sostiene.

… Voluntad  de  Dios  y  cruz…

Sor Francesca y Sor Cristina tocan a la puerta de las hermanas Sacramentinas de Rivolta d’ Adda por un largo periodo de oración y de búsqueda a la voluntad de Dios. Sor Francesca, con gran abertura de corazón, pone su discernimiento a la guía del padre espiritual, de la Madre general y de la maestra de las novicias. Se le aconseja a quedarse en aquella familia religiosa, pero durante la adoración eucarística, percibe la respuesta de Jesús: “… ¡Para ti Sor Francesca, pienso yo!...”

Con coraje y dolor después de tres meses, paga la estadía, deja esa casa solamente por voluntad del amado Jesús. Siguiendo la voz de Dios con fe se pone nuevamente en camino donde Él le indicará, confiada solo en la divina providencia. La sigue también Sor Cristina, no obstante la  insistente invitación a retenerse libre de quedarse.

Juntas llegan a Milán. Piden luz al Señor y consejo a los padres Franciscanos de la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús. Alquilan un cuarto en la Av. Independencia número 8, y aquí inician la misión a la que se sienten llamadas: servir a los enfermos a domicilio, acoger a los pequeños necesitados de atención y cuidado, dedicarse a la educación de las jóvenes.

Mientras con la bendición de Dios y el apoyo de la gente, la comunidad crece de número, con dos nuevas jóvenes, llega con sorpresa inesperada, la primera carta de Don Dario Bogneti, del mes de marzo de 1898, de Confienza. Él se expresa así: “…No tengo escrúpulo de robar un momento al Señor para escribir dos palabras a una persona que imagino a los pies de la cruz del Señor. Esta persona es ustede, Sor Francesca…”. Le expresa todo su estupor y la sorpresa de saber que ya no pertenece al Santo Natal de Turín. No sabe darse razón por esa tal decisión. Se siente triste por su silencio por no haberle escrito lo sucedido. La invita a continuar su búsqueda vocacional, postrada al pie de crucificado. Le agradaría tener sus noticias. Pide por rezar mucho por él y le asegura el recuerdo cotidiano en la celebración eucarística. Se despide dejándola aun a los pies de la cruz del Señor.

Naturalmente la respuesta de Sor Francesca no se deja esperar, aun que no se conserva el texto. Se sabe por cierto que Padre Dario visita a las hermanas de la comunidad de Milán, y en la carta del 6 de Mayo 1898, agradece de la generosa acogida de la cual se sintió honrado. Cada mañana las bendice desde el altar y experimenta ya una gran comunión profunda con ellas en la eucaristía. El encuentro de Milán suscita  en la hermanas la exigencia espontanea de llamarlo “Padre”. E él por la primera vez  se atreve a llamarlas “queridas hijas mías”.

Luchan en él sentimientos contrastantes: por un lado quisiera ser para ellas “Padre”, por el amor que ya alimenta por cada una y por el dolor de verlas abandonadas. Por otro lado advierte toda su pequeñez. Teme y sufre hasta las lágrimas. Por todo el mes de mayo, pide con insistencia en oración a las hijas de Milán y a las numerosas jóvenes que acompaña con la dirección espiritual. Él sabe que “el buen Dios a veces se sirve de mezquinos.” Es cierto que la virgen María conoce su recta intención  y la bendecirá.

Por mientras recomienda a sus hijas: “…Sean buenas, háganse santas y recuerden que la verdadera santidad está en aquellas palabras del Padre nuestro: hágase tu voluntad. Ámense las unas a las otras con un amor sincero y puro y dense ánimo. De las espinas brotan las rosas y estas son muchas más bellas, cuanto aquellas han estado duras y agudas…” Hacer con  amor  la voluntad de Dios es el camino maestro a la santidad, que Padre Dario siempre ha enseñado a sus hijas espirituales. Sor Clelia, una de las primeras hermanas que vivieron con los fundadores, en ocasión de la celebración del centenario de la ordenación del Padre Dario (1890-1990), con gozo ha dado testimonio: “El Padre ha raizado en nosotros la convicción que para hacerse santas basta hacer en todo, siempre y con amor la voluntad de Dios, repitiendo con conciencia y generosidad: “¡Hágase tu voluntad!”

Él mismo lo aprende contemplando cotidianamente el crucificado, Jesús obediente  hasta la muerte de cruz: Suprema manifestación de Dios Amor, amor hasta el don de la vida para nosotros. En la oración, Padre Dario entra hasta en la profundidad del corazón de Dios y  aprende a ver todo con el corazón de Dios. De la riqueza de este  corazón traspasado se siente siempre tocado. Es esta riqueza que viene a descubrir en su primera visita a Milán y escribe: “¡Tengo el corazón que quisiera proveer aquello siempre vivo de Sor Francesca, a aquel corazón de oro de Sor Cristina, de Sor Elizabetta y de aquel envidiable benjamín de Maria!”. Y cuando, unos meses después enviará la primera joven de Confienza, así la asegura: “He agradecido al Señor que estás contenta de estar con nosotros, lista para el gran sacrificio. Si, animo, el niño Jesús quiso para sí la pobreza, la humillación, el sacrificio de la propia persona. Así haciendo, no te has equivocado: no te encuentras de en medio de la riqueza del tesoro, sino en medio de la riqueza del corazón”.(28-12-1898).

… Carisma  y  cruz…

Toda la vida de Padre Dario está puesto bajo el signo de la cruz. La providencia divina ha dispuesto que, justo el 3 de mayo de 1898, fiesta de la Santa Cruz él recibe la primera revelación del carisma que Dios le confiaba para aquella que debía ser su familia religiosa de las Hijas de San Eusebio de Vercelli. Él así escribe a la pequeña comunidad de Milán, el 6 de mayo de 1898: “…Anteayer, fiesta de la Santa Cruz tuve un pensamiento, una inspiración. No sé si un día será realidad o quedará un sueño. En mi primera venida a Milán, la que espero que sea al final del mes de mayo o inicio de junio,  se lo manifestaré. Por ahora no tomen ninguna decisión antes de haberme consultado…”

El Espíritu Santo que ha inflamado el corazón del Padre Dario de un amor de predilección por la humanidad pobre y sufriente: rostro encarnado de Jesús crucificado y abandonado, contagia también a Sor Francesca  y sus primeras compañeras. En la oración, en la comunicación fraterna, en el discernimiento prolongado, se preparan a vivir la inspiración originaria como evento común. Una luz de certeza y un fuego de ardor interior llevan a todas a una decisión común, que sienten como última y definitiva. Se advierte que es el Espíritu el verdadero protagonista que opera su fusión en una única llamada divina. Y todo  el vivido precedente, de prueba y dolor, se interpreta como encrucijada de eventos providenciales que conducen a este inesperado designio divino. De verdad, desde la eternidad Dios nos ha llamado y nos ha llamado por nombre, no solo personal, sino como familia religiosa.

En el mes de octubre de 1898, las hermanas de Milán comunican al Padre Dario su decisión de unirse a él para cumplir juntos la misma “Gran Obra”. Del corazón del Padre estalla un himno incontenible de exultación, que comunica a sus hijas en la carta del 30 de octubre de 1898: “…Sea bendito el Señor y bendito para siempre. Esta es la palabra que yo respondo a vuestra ultima deliberación: ¡Sea bendito el Señor y bendito por siempre!...”

Solo una luz interior les hace percibir que Dios ya hizo nacer la nueva familia. Pero externamente no hay ninguna señal o camino trazado. El camino es todo para descubrir y recorrer. Se trata aun de partir en la fe, dónde, cómo y cuándo Dios querrá. Pero una cosa ya es cierta: ¡Dios lo quiere! Al resto la divina providencia proveerá. También para Padre Dario y las primeras hermanas se renueva la experiencia de María después de la anunciación del Ángel: parte rápido hacia la montaña y la prima Elizabeth proclama: “Bendita tu, que haz creído en el cumplimiento de la Palabra de Dios.”

Son encuentros de gracia que solo quien es tocado por Dios es en grado de percibir con la frescura de aquellos niños evangélicos de quien habla Jesús. En esta alba naciente, todo parece atravesado por una corriente de simplicidad y de alegría evangélica, como había pasado en las primeras comunidades cristianas y como se ha renovado en la experiencia de San Francisco y de Santa Clara con sus primeros seguidores.

… Búsqueda de la voluntad de Dios y cruz…

Solo Dios que, por caminos así misteriosos, ha llamado, sabrá indicar las modalidades de la concreta realización de su “gran Obra”. Padre Dario ya hizo su elección de fondo: “¡Dios solo!” Si, buscar Dios solo, escuchar a Dios solo, vivir  solo  por Dios, dejarse guiar por Dios solo. Pero a Dios nadie lo ha visto: solo el Hijo Unigénito nos lo ha revelado. Y la suprema revelación de Dios amor es Jesús Crucificado. Padre Dario ha aprendido todo en la escuela de este único Maestro y ha esta escuela ha orientado a sus hijas, enseñando a ellas una iluminada, intensa y asidua oración: para conocer la voluntad de Dios y para aprender a amar como Él, hasta el don de la vida. No era una práctica entre otras, no una simple devoción, era introducirles a una experiencia espiritual.

A partir de este momento  (octubre 1898), las hermanas se reencuentran todas, cuatro veces al día, de rodillas delante del Crucifijo, para una oración, que se hace dialogo de amor, como lo de Jesús con el Padre:

“Señor, dónanos de conocer tu voluntad. ¿Cuál es tu voluntad para nosotros? Nosotros tenemos necesidad de conocerla: ¡dónanos tú de conocerla! Y no solo de conocerla. Necesitamos amarla: ¡dónanos tú de amarla! En fin, necesitamos también de hacerla: ¡dónanos tú de  cumplirla! Solo tu, Señor, puedes darnos todo esto: dónanos de conocer, de amar, de cumplir tu voluntad. Dónanos de hacer siempre y solo tu voluntad.

Esa voluntad nosotras nunca la cumpliremos, si tú no nos enseñas a cumplirla. Tú entonces, que eres el Padre de luz, ilumínanos, enséñanos. Nuestro buen Dios, enséñanos  a hacer tu voluntad! ¿Señor, que quieres realmente de nosotros? Habla, oh Señor, habla y hágase  entender. ¿Cómo podemos contradecirte? Nosotros esperamos nunca contra decirte, si tu, con tu gracia, nos abres bien el oído para escucharte. ¿Qué entonces Señor? ¿Qué quieres que nosotros hagamos? Nos abandonamos a Ti: haz de nosotros lo que quieras, pero ten misericordia de nosotros”.

En la navidad 1898 sucede un pasaje de maduración decisivo. Padre Dario, durante la Eucaristía, vive una experiencia intensa de comunión con las Hijas de Milán y con todos los pobres que esperan ser acogidos y amados con el corazón del mismo Dios. Y con el corazón de Dios él ve la misión a ellos confiados, descubre el corazón del carisma, se le ilumina la verdadera gran Obra de Dios. Frente a una llamada tan alta, siente más intensamente la necesidad de rezar: “Has, oh Señor, que esta nuestra gran y dificilísima obra, que no tendrá ninguna otra finalidad sino la de manifestar aun cuán grande es tu corazón hacia los pobres, infelices, abandonados, nosotros podremos verla triunfar.

Nace la necesidad de anunciar con visibilidad, no a palabras, sino con hechos, que cada hombre es precioso a los ojos de Dios, que Él privilegia a los más pequeños, los más débiles y nada desprecia de lo que ha creado, porque es el Señor amante de la vida. Conmoverse y hacerse cargo de los abandonados es revelar la ternura del corazón de Dios, es cantar el triunfo de su gran amor. Es vivir cuanto afirmaba San Agustín… ¡Ves la caridad, ves la trinidad!....

Es esta la evangelización confiada a las Hijas de San Eusebio de Vercelli. Es una misión difícil, porque confiada a personas frágiles y limitadas, que enseguida actúan con medios pobres e inadecuados, y no raramente en contexto para nada favorable. Por esto es una misión que debe ahondar cotidianamente sus raíces en la oración profunda, hasta penetrar el corazón de Dios. Debe continuamente confiar en la potencia del actuar de Dios.

En el mismo día de Navidad 1898, a Milán la comunidad que ya cuenta tres nuevas jóvenes enviadas por el Padre Dario, vive una fuerte experiencia de comunión. Las hermanas se reúnen alrededor de Sor Francesca, y, como don, todas juntas profesan su obediencia a aquella que por la primera vez reconocen como “Madre”. Se declaran listan a cualquier sacrificio hasta el don de la vida, en ventaja de la naciente “gran Obra”.

Sor Francesca comunica enseguida este evento a Padre Dario. Y él, el 28 de diciembre de 1898, responde con conmoción y gratitud. Siente el corazón colmado de coraje, de audacia, de consuelo por aquella que ya es amada por todas como Madre. Frente a una tan lista disponibilidad a la obediencia y al don de la vida de estas primeras hijas, siente un gran estimulo que quisiera tener ya una casa disponible para poder actuar de inmediato, en el nombre del Señor, su traslado a Vercelli.

Cuenta con la divina providencia que no faltará de responder en el más breve tiempo posible, si no fuera por otro que por la generosidad de sus hijas y por la unidad que se ha creado entre todas en el amor reciproco. Jesús mismo es la fuerza de cohesión de la comunidad naciente. El Padre confía con confianza sobre una palabra de Dios que ve cumplida: “¡Vis, vi unita, fortior!”: la fuerza, unida a otra fuerza, se hace más fuerte. ¡Esta unidad no puede ser sino obra del Espíritu Santo y renueva la presencia del resucitado en medio de los suyos! Con una similar certeza en el corazón, Padre Dario osa asegurar el inicio de la “gran Obra” a Vercelli en  Marzo 1899!

… La fe puesta a la prueba…

Mientras todos inicia a correr de manera luminosa hacia la meta, improvisamente la fe de Padre Dario, de Sor Francesca y de las primeras hermanas sufre una gran purificación. Una serie de circunstancias parece desmentir la fuerte experiencia vivida en la jornada del Santo Natal. El levantarse de una dificultad detrás  de otra crea desorientación y requiere un continuo e intrépido discernimiento y aun más una intensa oración.

En enero 1899 la comunidad de las hermanas están en Vercelli para encontrar a la señora Quarelli. Ella es bien disponible a tomar bajo su protección la naciente familia religiosa de las Hijas de San Eusebio en Vercelli. Está lista de proveer a todas las necesidades por la subsistencia de las hermanas y de los pobres. Ofrece un puerto seguro para partir y para asegurar la continuidad de la obra. La señora tiene un carácter decidido, fuerte y seguro de sí, pero al mismo tiempo un corazón amplio y generoso. Desea amar  todas como hermanas, hacer lo posible para que no le falte nada, por pensar en todo, para que todo proceda bien.

¿Qué cosa decidirán las hijas al retornar a Milán? Se lo pregunta Padre Dario, consciente de la propia pobreza personal y convencido de no poder ofrecer ninguna garantía. Invita a todas a rezar mucho y a reflexionar con la máxima seriedad, porque se trata de una elección por toda la vida. Quizás la señora Quarelli, tal vez otros sacerdotes doctos y expertos podrían conducir mejor una naciente institución. Él está disponible a todo, también a renunciar a su paternidad, si esta es la voluntad de Dios por el bien de todos. Pero no esconde cuanto sufrimiento  tal decisión podría causarle.

Padre Dario desde tiempo busca una casa en Vercelli y no la encuentra. ¿Es mejor que la comunidad se quede a Milán? ¿Pero cómo podría él vivir junto con ellas? ¿Viajar y escribir cada semana, como hizo hasta ahora? ¿Tendría sentido todo eso y cuanto podría durar? ¿Cómo responder a los pobres de Vercelli que esperan? Por mientras una nueva dificultad se añade: ¿Qué sentido tendría trasplantar la comunidad a Vercelli si se hiciera realidad la perspectiva de un honorable diputado que está trabajando por la apertura de una sucursal del Cottolengo a Vercelli?

Padre Dario, desde tiempo, está enfocado para escribir la regla y presentarla al Arzobispo de Vercelli para la aprobación. Las primeras hermanas testimonian que el Padre la ha escrita toda la noche, para no quitar tiempo a sus compromisos pastorales, y la ha escrito de rodillas. Teniendo una copia, las hermanas le entregan a la señora Dalmazi de Milán para que la revise. Y ésta encuentra muchas cosas a discutir.

Por otro lado la Curia de Milán se interesa a la comunidad de Corso Independencia 8 y, a través de un sacerdote visitador, se declara bien contenta que en Milán pueda surgir una institución dedicada a la humanidad sufriente. Todos estos eventos, tienen suspenso el ánimo de Padre Dario. Nunca, en su vida, se ha encontrado en una situación tan difícil y confundida. Reza intensamente y pide a las hijas de hacer lo mismo.

Delante a Jesús Crucifiocado, las hermanas encuentran su plena serenidad. De Él reciben el empuje espontaneo a rechazar la seguridades materiales de la señora Quarelli y el apoyo de la Curia de Milán que parece aplanar todos los caminos. En la pobreza y en la oscuridad de la fe, eligen una vez más de vivir la comunión con Dios y el servicio de la humanidad sufriente en compañía de Padre Dario, que desea llevarlas a Vercelli, donde no hay obras al servicio de los sufrientes más abandonados. Es un continuo retorno a la primera inspiración. Están dispuestas en atender la aprobación de la regla y el consentimiento del arzobispo de Vercelli, antes de partir, en plena gratuidad y en la más grade inseguridad.

Resplandece nuevamente el sol en el horizonte del Padre Dario que no teme, esta vez, de expresar la plenitud de su corazón hacia las suyas “Cien veces queridísimas hijas”, abrazándoles a los pies de Jesús crucificado, unidas a San Eusebio. Estamos en febrero de 1899. Padre Dario retoma la búsqueda de una casa en Vercelli. Se siente consolado por que percibe que la gran Obra será por todos acogida y encuentra fuerza y animo también por parte de algún sacerdote amigo. No ve la hora de poder quedarse un poco más en la comunidad, para gozar junto la alegría de sentirse familia, saboreando la presencia de Jesús entre ellos.

Anuncia que el viernes 3 de marzo de 1899 se irá donde el Arzobispo para presentar la regla, y dirige hacia sus hijas la siguiente invitación: “…Ustedes todas, aquel día, acercándose a la santa Comunión a ejemplo de María en la boda de Canaán diga al oído de Jesús que muchos, muchos pobres enfermos sufren inmensamente porque son abandonados…”

Emerge luminoso el perfil mariano de Padre Dario. También él, como María en Caná, vive la fineza del amor de quien ve con el ojo de Dios, de quien ve antes de todos y en nombre de todos, las necesidades de los sufrientes a quien nadie piensa y se lo dice a Jesús . Es el primero, se hace intercesor de los hermanos más débiles e introduce a sus hijas en el camino del amor más grande, que se hace intercesión por quien sufre y no tiene voz: “¡Hagan todo lo que Él les dirá!”

Jesús crucificado y la Eucaristía, presencia amante y potente de Dios entre los hombres hasta el fin de los tiempos, serán los manantiales perennes cerca al cual Padre Dario estará por toda la vida a nombre de sus hijos más débiles. Él pasará en medio de sus pobres  para dispensar  una sonrisa, limpiarles la baba de la boca, hacerles una caricia, ofrecerles un conforto, pero para si se escogiera sobre todo el amor más grande: la adoración y la intercesión. Pasará noches enteras de rodillas delante de la Santa Eucaristía, para sostener la fuerza de sus hijas o para conseguir la gracia de la conversión de un enfermo cuidado en domicilio.

En la carta de presentación de la regla, así él escribe al arzobispo:

“El humilde suscrito, conmovido al mísero espectáculo de muchos pobres infelices, sufrientes porque abandonados por los hospitales y hasta de sus propios parientes, osa pedir de dar vida a una nueva familia de consagradas, para responder, con la ternura del corazón de Dios, a las necesidades no expresadas de los más pobres y rechazados, en los cuales ven Jesús pobre, crucificado y abandonado”
Padre Dario revive en sus carnes y en su corazón la compasión de Jesús frente a las multitudes perdidas. ¿Quién, antes de él, ha visto esta multitud de pobres en la espera? Solo Padre Dario en Vercelli, ha visto tanta miseria, escondida a los ojos de todos, y se ha sentido conmovido, interpelado, llamado por Dios en primera persona a responder.
Muchos otros, que antes no han visto, frente al florecer de la” Gran Obra”, a propia justificación, se pondrán a criticar la ineptitud de aquel que ha intentado una empresa no a la altura de sus capacidades y llegarán hasta a perseguirlo. Los pequeños, en vez, exultarán por haber encontrado un padre, una madre, hermanas, una verdadera familia donde se respira el amor mismo de Dios.

…Nace la “gran Obra” en pobreza extrema…

Sábado 19 de marzo de 1899, Padre Dario va donde el Arzobispo Monseñor Pampirio, para recibir una respuesta. Con gran dolor él afirma de no poder aun pronunciarse porque, a motivo de las visitas pastorales no había podido leer que pocas páginas de la regla. Pero las hermanas de Milán, deben dejar absolutamente el departamento antes de la Pascua. Padre Dario decide por el traslado a Vercelli y le comunica al Arzobispo, que habría querido aun postergar esta decisión. La comunidad alquilará de manera provisional un departamento en espera de conocer la decisión del Arzobispo y la aprobación de la regla.

Se trata de partir, una vez más, en condición de gran precariedad. Todo es aun provisional hasta que la iglesia no se pronuncie. Solo la luz interior y una desmesurada confianza en la divina providencia hace exclamar a Padre Dario: “Animo, nada le turbe. ¡Dios lo quiere!” Aun así rinde consiente a las hijas que, llegadas a Vercelli les esperan grandes sacrificios. No conocidas, sin apoyo y sin dinero, deberán proveer a los sufrientes y abandonados con el solo capital de sus propias manos y del propio trabajo. Y añade: “Es necesaria para Vercelli esta obra. Vengan alegres, la casa les espera, envíen ya los muebles… Cierto que en  los primeros meses nos encontraremos casi dispersados y solos. Pero cuando nos creerán tales, será entonces que nuestra gran Obra empezará a triunfar… ¿Y si Dios dispusiese   que, entre algún  año, el que no lo creo, debiéramos sufrir el  fracaso? Los verdaderos seguidores de Jesús deben ser dispuestos siempre a la prueba también de fuego. Entonces animo… ¡Dios lo quiere!”

Los médicos animan el surgimiento de una obra tan necesaria por Vercelli y aseguran de proveer gratuitamente medicinas y apoyo. El departamento de casa Rivera, en Corso Palestro, cuenta solo con dos cuartos y es un poco angosto a la finalidad  de la obra. Pero es suficiente para partir, alegres en el Señor. San Eusebio pensará en todo. Es verdad, no hay todavía la aprobación de la regla, así mismo agradecen junto al Señor porque el Arzobispo no se ha demostrado contrario y en el corazón sienten que la obra será aprobada también de parte de los Vercelleses.

El 29 de marzo de 1899, martes santo, el pequeño grupo de hermanos dejan la casa de Milán con gran dolor y  añorado  por parte de la gente que ya les ama y les ayuda, para ir a Vercelli.

Nace así la familia de las Hijas de San Eusebio de Vercelli, ministras de los enfermos. Padre Dario la vive como continuidad ideal del cenobio femenino de San Eusebio (IV siglo). De ahora en adelante la Madre fundadora se llamará Sor Eusebia, en la memoria de la  Santa hermana del gran Proto-Obispo de Vercelli, puesta como guía espiritual del Cenobio de las vírgenes eusebianas.

Esta inspiración originaria, que ahonda en las raíces eusebianas de la naciente comunidad y forma una cosa sola con el carisma de caridad que Dios le confía, madura y toma forma sobre todo en la elaboración de la regla, que ya espera solamente de ser aprobada.

… ¡Discípulos de Jesús crucificado: para siempre!...

La “gran Obra” ha nacido a los pies de Jesús crucificado. Padre Dario y Madre Eusebia, con las primeras hermanas, se mantendrán por toda la vida a la escuela de este único Maestro. A través del corazón traspasado de Jesús serán constantemente introducidos en el corazón del Padre. De este fuego ardiente de amor continuará a brillar a sus ojos la preciosidad de las creaturas más frágiles, que constituirán su tesoro más precioso, aun cuando todo parecerá desmoronar en su camino.

Siempre se sentirán llamados a amar y servir con predilección a los hijos más crucificados de la historia. Y para ser instrumentos  siempre más idóneos para una misión tan alta, la providencia divina conducirá sus pasos en las huellas de Jesús.

Padre Dario y Madre Eusebia nunca habrían pensado que Dios, un día, los habría llamado hacerse ellos mismos unos “crucificados “, permitiendo que en su carne y en su espíritu se imprimiera la pasión de su Hijo crucificado. Como una semilla, padecerán las más inesperadas y dolorosas purificaciones, hasta a morir a los ojos de los hombres, para que la “Gran Obra” triunfe y lleve mucho fruto.

La gran prueba, de cualquier manera, los ha marcado hasta hoy. Ellos continúan aun  en dar la vida por nosotros, porque nosotros tengamos vida, vida siempre nueva, vida siempre más profunda, vida siempre más grande. Pero se trata de lo que es grande a los ojos de Dios, no a los ojos de los hombres. Solo el Espíritu puede hacer brillar también a nuestros ojos la “gran Obra”, aun en la prueba de una fuerte disminución numérica. Él lo revela a los pequeños.

Aquellos que han tentado oscurecer el rostro de Padre Dario y Madre Eusebia, hasta desfigurarlos y hacerlos irreconocibles, parece que hayan logrado hacerlo. Pero su Pascua y la Pascua de la familia religiosa iniciada por ellos, ya es presente. El dolor más grande ha engendrado el amor más grande: “El amor a  sus enemigos”. Eso es lo que ha hecho verdaderamente grandes, heroicos y santos nuestros fundadores. ¡Esta es la gran heredad - evangelio puro - que ellos nos dejan y nos estimulan a descubrir, a profundizar e imitar: por siempre!

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