Espiritualidad: Nuestras origenes

… La sed …

Las jóvenes que hoy tocan a la puerta de las “Hijas de San Eusebio de Vercelli” manifiestan la sed de encontrar a Dios. Desean beber a las fuentes puras: de la Palabra, de la Eucaristía, de un testimonio fraterno de amor mutuo, que sigue haciendo vivo y presente Jesús en el medio de nosotros, en su permanente compasión hacia los más pobres y sufrientes. Piden sobretodo de conocer nuestras orígenes: los Fundadores, las primeras hermanas, las raíces eusebianas y evangélicas de nuestro carisma, por las que se sienten misteriosamente atraídas.

… ¿Quiénes son las Hijas de San Eusebio? …

Una familia religiosa nacida en Vercelli el 29 de marzo de 1899 del corazón de Padre Dario y Madre Eusebia Arrigoni, nacida en Chiaravalle Milanese (1868-1939)

… ¿Por qué nos llamamos y somos Hijas de San Eusebio? …

Todo nace de la experiencia espiritual de un sacerdote que se siente hijo de San Eusebio, Padre Dário Bognetti. En su itinerario de formación al sacerdocio se deja siempre más atraer y fascinar por San Eusebio, no como persona del pasado, sino como vivo, presente y operante en su vida y en la futura obra. Escribiendo a Hermana Francisca (Luigina Arrigoni) y a sus primeras compañeras, ya reunidas en vida común a Milano, así se exprime: “…Dejándote entre los brazos amorosos de Jesús crucificado y al lado siempre de San Eusebio…” Y aun: “…Coraje, nada te espante. Dios lo quiere… con sólo dos cuartos aunque grandes se está apretados, sobretodo para nuestra finalidad… Queridas hijitas, envíen ya lo que piensen oportuno de muebles a la dirección de Casa Rivera, Av. Palestro y salgan tranquilas, alegres en el Señor, San Eusebio pensará a todo…”.

E algún día después haciendo suya la experiencia de Santa Teresa, escribe nuevamente a Hermana Francisca: “Estoy seguro que todo dispusiste para la salida, sí, coraje, San Eusebio lo quiere, nada las turbe, nada las espante, Dios no cambia, con la paciencia todo se alcanza, a quien Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta”.

Sin duda, para Padre Dário la nueva familia que estaba naciendo en la iglesia de Vercelli debía nombrarse “Hijas de San Eusebio, ministras de los enfermos”.

La elección de San Eusebio como Patrono y Protector no era de carácter devocional. Desde su origen  fue vivida como continuidad ideal del cenobio femenino de las vírgenes eusebianas del IV siglo. Por eso la superiora había de llamarse Hermana Eusebia y San Eusebio es considerado inspirador de la comunidad.

… San Eusebio nos conduce a nuestra verdaderas fuentes…

Hojeando los breviarios del Padre Dário, guardados en el archivo de la casa madre de Vercelli, encontramos en ellos los recuerdos más preciosos: muchas imágenes de jóvenes sacerdotes sus amigos, vivos y fallecidos, y una breve síntesis histórica de San Eusebio. Ellas revelan su culto para el sacerdocio y el amor a San Eusebio, su vivo modelo.

En el corazón de la casa, donde todos los días pasaban hermanas, pobre, sacerdotes, jóvenes…, Padre Dário y Madre Eusebia pusieron la estatua más significativa de San Eusebio, en actitud de peregrino. Tiene en la mano derecha el pastoral y en la izquierda el Evangeliario, en cima del cual hay tres piedras, símbolo de la Trinidad. Los fundamentos de la fe y de la vida de San Eusebio se hacen así, alimento espiritual para las hijas de ayer, de hoy y de siempre.

Todo empieza del Evangelio. Padre Dário y Madre Eusebia dirían: de la Palabra, que revela y actúa el plano de la Trinidad: “Tanto Dios amó al mundo que envió su hijo para reunir consigo a todos sus hijos que estaban dispersos”.

La Trinidad baja a la tierra con la encarnación de Jesús y a través de su muerte, resurrección y ascensión al cielo, lleva la humanidad y la entera creación a la comunión trinitaria. Las tras piedras son también señales del martirio. Todo sale de la Trinidad. Para la Trinidad Eusebio sufrió y dio su vida. Por eso la diócesis de Vercelli, por una permisión especial, lo venera no sólo como Pastor, sino también como Mártir y, el primer del mes de agosto, aniversario de su nacimiento al cielo, usa el color litúrgico rojo.

En las primeras páginas del manual de oraciones de las Hijas de San Eusebio de Vercelli, impresos por Padre Dário en la tipografía interna del Instituto, instalada desde las orígenes para la recuperación de los chicos minusválidos, así se lee:  “San Eusebio Obispo y Mártir, Patrono de las Hijas de San Eusebio”. Y luego en seguida: “De la carta de San Eusebio Obispo y Mártir a los habitantes de Vercelli y de Novara, etc…, escrita desde el exilio en Scitópoli (Palestina): “…Me alegro, hermanos e hijos, por vuestra fe, me regocijo por la salvación que sigue a la fe, me alegro por los frutos abundantes, como el agricultor que trabaja con todo el cuidado al cultivo de plantas elegidas…

Los ruego y los suplico de custodiar la fe con toda vigilancia, de conservar entre ustedes la concordia y de dedicarse constantemente a la oración.

…Por la misericordia de Dios suplico que cada uno de ustedes en esta carta encuentre su propio saludo, porque a todos singularmente, como solía hacer, no se me hizo posible escribir, por las condiciones en las que me encuentro. Con esta carta mía entonces, me dirijo a todos los hermanos (sacerdotes y diáconos), a las santas hermanas (sanctae sorores: estas son las primeras monjas de San Eusebio por él fundadas en Vercelli bajo la dirección de su hermana Santa Eusebia), a todos los hijos y las hijas, de todo sexo y edad…”.

Fue así que Padre Dário y Madre Eusebia, dejándose conducir por el Espíritu, eligieron como modelo el Cenobio Eusebiano. Y Eusebio los condujo hasta las fuentes originarias de la iglesia. A la primera comunidad de Jerusalén.

Nos encontramos frente a experiencias de vida en las que, no una regla escrita, sino el testimonio viviente de personas tocadas por el Espíritu atrae al su alrededor una comunidad que vive el amor mutuo según el mandamiento nuevo de Jesús. Lo hace visiblemente presente: en la escucha de la Palabra, en el compartir del pan, en el amor mutuo, en la comunión de los bienes, en la oración asidua y constante.
Es así para los Apóstoles, para Eusebio, para Padre Dário y Madre Eusebia. Es la experiencia del Amor, vivido en todas sus expresiones: hacia Dios en la comunidad y en el arranque misionero hacia todos, y para nosotros de modo especial hacia los pequeños y sufrientes.

Este amor se vuelve anuncio luminoso del resucitado que vive con los suyos, allí donde dos o tres están reunidos en su amor. La alegría y la sencillez de corazón son los frutos de una vida evangélica que fascina a todos aquellos que, observando desde el externo, llegan a exclamar con profundo asombro: “…mira como se aman y como cada uno está dispuesto a donar su vida para los demás” (Tertuliano).

… La presencia del Resucitado en la comunidad…

Este es el mensaje que brota de la pintura de la media luna de la iglesia de Casa Madre, hecha construir por los Fundadores y inaugurada el 8 de diciembre de 1927. Cristo resucitado, en un solo abrazo une: pobres, enfermos, minusválidos, jóvenes estudiantes y hermanas… en una sola familia. Jesús es el verdadero “Padre” y todos en él y al su alrededor se sienten hermanos sin distinción y sin distancia. Así se vivía en los primeros años de nuestra grande familia eusebiana: en primer lugar había los pequeños y los débiles, tratados con dignidad sacramental, como las niñas de los ojos de Dios.

Padre Dário siempre a contacto con sus “perlas” enjugaba la baba de la boca de ellos con su mismo pañuelo y gozaba que sus pequeños ahondaban la mano en sus bolsillos hondos donde estaban seguros de pescar algún caramelo o fruta recibidos como providencia al final de su compra al mercado.

Madre Eusebia con corazón grande acogía sus “tesoros” hasta en su cuarto cuando no había más cupo. Los curaba con sus propias manos y enseñaba a las jóvenes hermanas, miedosas y asustadas frente a deformidades humanamente repugnantes, a tratar aquellos pequeños miembros sufrientes como el cuerpo mismo de Jesús.

Nacía así un fervor y una competición en el servicio, que daba alas al espíritu y tocaba el corazón de todos. Las educandas (estas eran chicas que vivían en el Instituto siendo muy lejanas su familia y frecuentaban el colegio externo), antes de irse a la escuela ayudaban a lavar los platos y cubiertos de los enfermos. El espíritu de familia era una realidad muy concreta, vivida con naturaleza y espontaneidad. Todo era común entre ellos.

Entrando en la iglesia luego se es atraídos por la figura dominante del Cristo Pantocrator, pintado en el medio del ábside, con los brazos abiertos, en actitud de acogida de todos los hijos de esta única familia en oración. Lleva bien visible un corazón dorado: revelación de la grandeza y de la ternura del corazón de Dios para sus hijos más pobres y sufrientes.

Padre Dário descubrió a los pobres a través de la contemplación del corazón de Dios. Aquí, en este corazón, rezó demoradamente y aprendió a mirar a los pequeños, a los débiles, a los abandonados con los ojos y el corazón de Dios.

Aquí, en este corazón, se dio cuenta que ellos son “las niñas del corazón de Dios”. Aquí, en este corazón, conoció, como inspiración divina, la verdadera grandeza de la obra a la que eran llamados.

Quien ha conocido la casa madre en sus orígenes, sabe que era constituida de un grupo de casas pobres, de verdaderas chabolas. Sin embargo, con entusiasmo y gratitud, se continuaba a exclamar: ¡Nuestra grande Obra! En la noche de Navidad de 1898, Padre Dário, levantando la Ostia consagrada, bendecía ya sus hijas aun lejanas y pedía al Verbo Encarnado: “…Haz que esta nuestra grande y difícil empresa, que no será por otra cosa que manifestar más aun cuanto sea grande tu corazón para los pobres infelices, nosotros podamos verla triunfar”.

Entonces, no el aplauso, no el suceso humano, no la grandeza exterior, sino el triunfo del amor de Dios para todas sus creaturas más débiles: esto buscaba también el corazón amante de Padre Dário. Y en este camino con Madre Eusebia y las primeras hermanas, encontraba dos poderosos apoyos: La Virgen de Oropa y San Eusebio, hechos pintar en los altares laterales, para que quedasen símbolos permanentes de las raíces eusebianas de nuestra familia de consagradas en la iglesia.

… Amor a Dios y amor a los pobres: un único amor …

Padre Dário y Madre Eusebia han deseado y querido su iglesia de Casa Madre, joya de arte del fundador de la “Escuela Beato Angélico” de Milano, para exprimir el sentido místico de su culto a Dios y a los pobres. La iglesia tiene un alma: la oración. Tiene una presencia: Dios. Tiene una comunidad: las consagradas y los pobres y sufrientes que allí se reúnen.

Como buscadores de “Dios sólo”, intuyeron que el arte es oración, así como el servicio a los más pobres y rechazados es oración. Dios los ha constantemente atraídos, como Absoluto y como presencia escondida en el más pobre, amado y servido como “las niñas de sus ojos”: un único amor, impreso como programa de vida a la entrada de su casa: “El culto de los pobres forma parte del culto de Dios, ellos se deben honrar como santos altares” (Crisóstomo).

Padre Dário, en la Lectura orante de la Liturgia de las Horas cuotidiana, bebía a la fuente de la Palabra y de los Padres de la Iglesia. A esta escuela se formaba. A contacto sobre todo con los Padres que, como Eusebio, testimoniaron, en unidad de vida, su fe en la Trinidad y su amor a los pobres, aprendieron como vivir el mandamiento nuevo de Jesús en su nueva familia.

Bebiendo aun a la experiencia espiritual de San Juan Crisóstomo, sintió la exigencia de imprimir en el muro del kiosco de la comunidad otra escrita programática: “Como es bonito y agradable vivir junto como hermanos” (Sl 132).

En esta misma luz Madre Eusebia, en su testamento espiritual, escribía: “Recomiendo que todas mis hijas estén unidas, unánimes en hacer el bien y se conserven escrupulosamente fieles al precepto de la caridad que es el vínculo de la perfección cristiana”. Nos sentimos honradas de recibir en herencia una entrega tan grande y preciosa: aquella de continuar el clima de la comunidad de Jerusalén, descripta en los Hechos de los Apóstoles, sobre el modelo del Cenobio Eusebiano, como no lo ha trasmitido Padre Dário, Madre Eusebia y las primeras nuestras hermanas.

Este es también el surco de la Iglesia del tercer milenio, que invita a todos los cristianos a retornar a la simplicidad evangélica de los orígenes.

… Una vida como don…

Los Apóstoles, San Eusebio, Padre Dário, Madre Eusebia… no escribieron. Han vivido. Único modelo para todos es Jesús. Él es Dios y se hace hombre para nosotros, vive con nosotros y para nosotros, da la vida para nosotros y continúa a vivir en el medio de nosotros.

Así Eusebio escribe a los habitantes de Vercelli desde el exilio: “Yo no paro ni por un instante de gastar mi vida y de ofrecer  mi alma misma para vuestra salvación…”.

Padre Dário, hombre que se hizo todo don, exhorta Madre Eusebia y las primeras hermanas en aprender la actitud del don de Jesús Crucificado, con una contemplación y una oración cuotidiana y repetitiva que toque el corazón y lo abra a la voluntad de Dios. Sólo así Dios puede pedir lo que quiere y las hermanas están listas al don total y confiado de sí.

Mirando al crucificado, el Espíritu nos da a comprender hasta que punto Dios es Amor, hasta que punto Jesús nos amó. Todos somos amados por Dios. Esta conciencia cambia radicalmente el sentido de la vida y la estima para la preciosidad de cada persona humana. Sólo reconociéndonos amados por Dios, podemos amarnos los unos a los otros como Jesús nos ha amado. El amor de Cristo nos impulsa a ser amor. La caridad es el corazón de nuestro carisma: somos hijas de San Eusebio, hijas de la caridad, hijas de Dios Amor.

… Una vida para los demás…

Padre Dário ha fundado su sacerdocio sobre la Eucaristía y sobre la caridad, que es eucaristía de la vida. Con Madre Eusebia y las primeras hermanas han encarnado, en toda su existencia y en toda su misión, el ícono del “lavatorio de los pies”, el ícono del servicio sacerdotal y mariano, en el espíritu en que lo ha vivido y propuesto Jesús en la última cena (Jn 13).

El Apóstol Juan presentó todo el acontecimiento humano de Jesús como una pequeña vida, a contacto con gente pequeña, entre episodios de mezquines y de contiendas, concluida después con una muerte oscura. En todo esto él dice: “…¡He visto la gloria de Dios!...” (C.M.Martini).

Parece captar en esta luz la grandeza que se esconde bajo el velo de la vida de Padre Dário y de Madre Eusebia, profundamente marcada por la oscuridad, por la prueba, por la cruz. Y es aquí que está el misterio del servicio, del escondimiento, del don de sí.

Sentimos también la necesidad de invocar, como nuestros Fundadores: “…¡Señor, muéstranos tu rostro!...”. Para vivir el carisma de la caridad necesitamos contemplar largamente  el Hijo del Hombre, que conversa con gente sencilla, que elige vivir en una situación de insignificancia total. No es sólo el escándalo de la cruz que impacta, sino el escándalo de la entera vida de Jesús: “…¿Qué puede venir de bueno de Nazaret?...” (Jn1,46).

¿Qué podía salir de bueno de Padre Dário Bognetti, que no se destacaba en los estudios y que, por sus mismos cohermanos  en el sacerdocio no era considerado entre los doctos, los sabios y los inteligentes? No sólo el desprecio, la humillación, sino también la calumnia y una verdadera y propia persecución, han repetidamente tentado de hacer ahondar la comunidad iniciada por Padre Dário y Madre Eusebia y la grande Obra por ellos emprendida.

Jesús ha exultado de gozo en el Espíritu porque el Padre ha escondido sus propias cosas a los sabios y a los inteligentes y las ha revelado a los pequeños.

Padre Dário y Madre Eusebia, auténticos pequeños del evangelio, habían la clara conciencia que “…el Señor suele servirse de los mezquinos para su grande Obra…”.

Esta certeza interior daba coraje a las hijas y hacía exultar de alegría a los pobres y pequeños que, ignaros de las tempestades que se cernían, veían su familia de San Eusebio aumentar en número y crecer en el amor.

El ícono del servicio es Jesús, el siervo sufriente que se carga de todos los dolores de la humanidad y de la vida por la salvación de todos. En la cumbre de la caridad de Padre Dário y Madre Eusebia está su amor a los enemigos, el volver a pagar con la más exquisita caridad aquellos que los hacían sufrir.

Ellos siguen hasta el fin el ejemplo de Jesús, el ejemplo de los Apóstoles, el camino trazado por su grande Padre Eusebio en la comunidad y en el martirio: …pocas palabras, muchos hechos, participación a la cruz de Cristo.

… Amor  mutuo…

¿Cómo garantizar la continuidad y el crecimiento en el amor? ¿Cómo garantizar la presencia continua del Resucitado en el medio de nosotros? Ante todo Padre Dário y Madre Eusebia nos indican el ícono del Lavatorio de los pies (Jn 13, 12-17). Es la invitación de Nuestro Señor y Maestro al servicio reciproco, humilde y pobre.

En segundo lugar nos proponen como primer fundamento de nuestra regla de vida el mandamiento nuevo de Jesús: “…Amaos como Yo los he amado…” (Jn 15, 12). Jesús nos pide de donar la vida las unas para las otras.

El lavatorio de los pies y el mandamiento nuevo prolongan en toda la vida el significado de la cena eucarística. Por esto en las primeras comunidades cristianas, en los Padres de la Iglesia, en San Eusebio, así como en Padre Dário y Madre Eusebia, la Eucaristía y la caridad son estrictamente unidas.

Cuando Jesús dona el mandamiento nuevo, se dirige especialmente a sus amigos. A ellos les pide de amarse recíprocamente como Él los ha amado. Los discípulos, por su vez, deberán llevar este amor a todos los hombres, hasta los extremos confines del mundo.

Aquí está el secreto del Cenobio de San Eusebio, aquí el secreto del espíritu de familia vivido por los Fundadores: “…de esto todos sabrán que sois mis discípulos, se os amaréis mutuamente como Yo los he amado… Padre que todos sean una cosa sola como nosotros, para que el mundo crea…”. El acento es totalmente puesto sobre la comunión fraterna, fuente autentica de la misión.

Aquí está lo absurdo de dividirnos entre nosotros por cualquier motivo. El único modo de hacer comunión es aquello de ponernos al servicio las unas de las otras. La primera expresión apostólica es la bondad de corazón entre nosotras. Este amor nos asusta porque es exigente y concreto. De esta caridad evangélica vivida en el interior de la comunidad florece después la caridad para los hermanos, particularmente hacia los sufrientes y los últimos, a los que nadie los quiere.

La comunión fraterna tiene la fuerza de crear al su alrededor amigos de Dios, en camino hacia él, por doquier los encontramos. Pero esta caridad no es solo fruto de nuestra benevolencia humana, más bien es don de Dios, es obra de Dios en nosotros. Es el mismo amor de Dios derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu que nos fue donado. Y es el Espíritu que da vitalidad a las potencialidades de afecto y  benevolencia universales, ya existentes en todos.

… En formación continua…

Con la mirada dirigida constantemente a la primera comunidad apostólica de Jerusalén, como San Eusebio, como Padre Dário y Madre Eusebia, acogemos la solicitud del Espíritu a eligir junto como comunidad, la medida alta de la vida cristiana, a tender a la santidad personal y comunitaria. Es lo que la iglesia del tercer milenio pide hoy a todos (Cfr. NMI).

Nuestros Fundadores han continuamente solicitado sus hijas a la santidad y a la fidelidad a la Palabra a través de la oración y la meditación cotidiana. No es posible pensar en santidad si no a partir de una renovada escucha de la Palabra de Dios. Somos llamados a poner decididamente en el centro de la vida la Palabra. La profecía es: “…en principio, la Palabra…” (Jn1,1). La Palabra es el fundamento de nuestra vida consagrada construida sobre la roca. Es fuente de vida nueva.

La meditación cotidiana, tanto recomendada por Padre Dário, se hace para nosotros hoy, sobretodo después del Sínodo sobre la Palabra, “Lectio Divina”  en el cotidiano. Es el único camino continuo de formación, completo, serio y austero. Empeña toda la existencia, Es una real trasformación en Cristo, personal y comunitaria.

Padre Dário, con su testimonio sacerdotal, todo centrado sobre la Eucaristía cotidianamente celebrada, adorada y vivida en la caridad, nos enseña a hacer, por nuestra vez,  de la Eucaristía el corazón de la vida. El fervor de sus celebraciones nos revela el don por excelencia recibido por Jesús: el don de si mismo, de su persona, de su obra de salvación.

La comunión eucarística es la experiencia más fuerte de toda la existencia. San Eusebio y los Padres de la Iglesia han puesto en fuerte realce la eucaristía como fuente constante de nuestra divinización. En la comunión eucarística se realiza el misterio de nuestra unión con la divina Trinidad y con toda la humanidad, en el Cristo total.

En la Eucaristía la santidad de Dios baja entre nosotros, para que nosotros, unidas a Jesús, podamos ascender a la comunión con Dios. La Eucaristía es potencia transformante: “…¡nos volvemos lo que recibimos!” (San León Magno). Es centro de irradiación.

Su dinámica nos penetra y desde nosotros quiere propagarse a los demás y extenderse a todo el mundo. La Eucaristía forma la iglesia, plasma la comunidad y las personas para la salvación de todos. Se nosotros nos damos cuenta de que Dios está presente y nos comportamos de consecuencia, también nuestros hermanos podrán ser atraídos por la luz de la divina presencia y por el fulgor del misterio que realmente une cielo y tierra.

En la primera comunidad de Jerusalén, en el Cenobio de Eusebio, en la familia de Padre Dário y Madre Eusebia, a los orígenes, se vivía con un solo corazón y una sola alma y el Espíritu podía obrar prodigios de luz y de bien. La comunidad era la característica formación de todos.

La Palabra y la Eucaristía nos ayudan a vivir la espiritualidad de comunión, nos educan a vivir relaciones trinitarias entre nosotros y con todos. La comunión nace de la conciencia del misterio de Dios Amor que habita en nosotros, y cuya luz la percibimos también en el rostro de las hermanas que viven a nuestro alrededor.

La formación se hace “communicatio” por contagio. Nos ayuda a renovar cotidianamente nuestra fe en la promesa de Jesús: “…donde dos o tres están reunidos en mi amor, yo estoy en el medio de ellos…” (Mt 18,20).

La espiritualidad de comunión es vivir la presencia continua del Resucitado entre nosotros, como ocurría espontáneamente en la primera comunidad de Jerusalén.

El Resucitado entre nosotros nos transforma y nos une en comunidad.

El hecho de estar con Jesús se hace formación. El vivir junto en la comunidad se vuelve formación. El contagiarse mutuamente en la santidad se hace formación. E todo esto ilumina, calienta, irradia, transforma los cinco continentes y toda la creación. A gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, que en unidad nos guían hacia la meta y nos hacen participes de su eterna comunión de amor.  ¡Amén!

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