Espiritualidad: La Trinidad

Toda auténtica espiritualidad origina-se en la Trinidad, fuente de vida, de amor, de energía espiritual que se transmite en sus  creaturas e en manera toda especial en el ser humano.

En el ícono de la Trinidad, los colores revelan de manera especial las ideas. Son usados elocuentemente para expresar los símbolos:  El rosado-oro hace recordar el manto imperial, el verde indica la vida, el rojo el amor sacrificado.  Especial significado tiene el azul: indica la divinidad y las verdades eternas. Está distribuido en todos los tres ángeles:  suave, casi plateado, con variantes sombreados. El ángel de la izquierda en el cual reconocemos a Dios Padre, lleva la túnica de color azul, pero ella es casi totalmente cubierta por el manto real. “A Dios nadie nunca lo ha visto”, por esto el ángel central, en el cual reconocemos a Dios Hijo, lleva el manto azul: “El Hijo lo ha revelado” (Jn. 1, 18).  O, como ha escrito San Pablo: “Él habita en una luz inaccesible” (1 Tim. 6, 16), Sólo en el Hijo se hace visible.  También el ángel de la derecha, en el cual reconocemos a Dios Espíritu Santo, aún vistiendo de azul la túnica, la muestra en abundancia, porque su rol es el de “hacer comprender y recordar la Palabra” (Jn. 14, 26).

La Palabra de Dios es fundamento de La  iconografía de la  Trinidad. Ella nos remete a Gênesis 18,1-10.






El Padre está sentado con solemnidad  en su trono. El edificio sobre él Y el bastón de peregrino tenido verticalmente en la mano  hace resaltar su posición erecta. La mirada y el gesto de su derecha tienen algo de imperativo. También su vestido real, rosado-oro, colores de alta clase, proclama que Él es el origen de la divinidad Y el manantial de la vida.




El ángel del centro es la Palabra del Eterno Padre. Él ha salido del Padre y se dirige a Él en escucha y en respuesta. Es todo consenso. El rojo intenso de su túnica nos hace recordar la púrpura de los emperadores bizantinos, Pero sobre todo el amor prontísimo de su obediencia / (Cfr. Fil. 2, 8). El manto azul proclama que en Jesús, el Padre se ha revelado y se ha hecho comprensible también a nuestros sentidos. A su espalda  el árbol recuerda al árbol de la vida del paraíso terrestre y la conexión con la cruz: una antigua leyenda narra que la cruz ha sido extraída del leño del árbol del paraíso terrestre.










El ángel de la derecha está en actitud de entrega sin reserva, de infinita docilidad y devoción. Su rostro expresa consolacióny prontitud en colaborar. El Espíritu Santo ostenta ampliamente el color azul por su rol de hacer comprender. El verde del manto habla de su acción Que “da la vida” y  “renueva la faz de la tierra”.




 

El amor no ha permitido a Dios de quedarse solo. La felicidad de la comunidad trinitaria debía comunicarse al exterior; la vida divina debía abarcar a los demás seres. Pero el hombre ha conocido la historia de la rebelión, de las tinieblas y de la muerte. Dios Padre no puede sin embargo permitir que la humanidad vaya irremediablemente perdida. ¡Dios quiere a todo el hombre salvo!

 



La mano del Padre, que indica el plato del cordero Ofrecido por Abraham, Ilumina con claridad y firmeza su plan.





 


Padre e Hijo se ponen de acuerdo. Es al mismo tiempo mando e invitación, es también expresión del amor más grande. El Hijo deberá  “hacerse hombre y estar En medio de los hombres” (Jn. 1, 14). El Hijo lo entiende: la cabeza inclinada como señal de perfecto acuerdo.






El bastón de peregrino  que cada ángel tiene en la mano habla de este plan de salvación. Dios se hizo peregrino en busca del hombre pecador. Toda la iniciativa es de Dios y también la ejecución. ¡Dios busca al hombre! En todas las otras religiones naturales, es el hombre necesitado que anda en las tinieblas En busca de Dios, como ha escrito San Agustín: “¡El corazón humano está hecho por ti Señor, y no tendrá paz  hasta que no descanse en ti!”. Sólo la religión revelada asegura que es Dios el primero que nos busca a nosotros. Solamente el Hijo se hace hombre, pero el plan es de los Tres, y cada uno de ellos tiene una parte específica. Los Tres están acá en diálogo para  expresar esta historia de Amor.









El plato colmado con el cordero ofrecido en alimento por Abraham es el centro de todo El movimiento circular del conjunto. Para los contemporáneos de Rublëv, el significado era claro: El banquete de Abraham significaba el banquete eucarístico. La vía de la salvación  encuentra su momento culminante en el sacrificio. La bandeja puede así llamarse cáliz.







El Hijo viste una túnica toda de roja.  Nos hace recordar al profeta Isaías (63, 2): “¿Porqué tus vestidos son rojos, como aquellos que pisan las uvas en el lagar? De hecho he trabajado en el lagar y solo, ningún pueblo me ha ayudado. He pisado las naciones… Su sangre ha brincado sobre mis vestidos y se han quedado empapados”. El hijo entonces actuará la misión mediante el sacrificio de sí mismo: la víctima será Él. Él lo entiende. El brazo pesantemente apoyado en la mesa y la expresión del rostro velado de tristeza dicen que Él sabe muy bien el precio de su tarea. El bastón un poco inclinado hacia el Espíritu Santo es como  pidiendo ayuda. La cabeza es inclinada hacia el Padre, pero el resto del cuerpo (rodilla, espaldas y manos) está dirigido hacia el Espíritu Santo.








El árbol de la vida  actuará la redención. Es la cruz. Ya parece listo a inclinarse sobre la espalda del Hijo para acogerlo. La montaña y el árbol simbolizan las criaturas del mundo mineral y vegetal  y curvándose también ellas participan en el movimiento del Espíritu hacia el Padre. Así mismo la casa paterna que abierta acoge ése movimiento.







Hay un único sacrificio de salvación: El  del calvario, al cual estamos llamados a participar.En los altares bizantinos, un sagrario contenía las reliquias de los mártires.Acá está  pintado en la pared frontal de la mesa, para indicar la colaboración que Dios espera de nosotros.En la comunión trinitaria la humanidad entra purificada por el amor, por el don de sí, como los mártires testimonian. Santidad y prontitud en amar hasta el martirio son condiciones evidentes y necesarias. Así como la unidad: Aquél lugar de la mesa de los huéspedes divinos es por Abraham, “nuestro padre en la fe”, “en el cual son benditas todas las naciones”, En consecuencia “figura de Jesús”, el hombre nuevo. En Abraham, mejor en Jesús, nosotros formamos, “aún siendo muchos, un solo cuerpo” (1Cor. 12, 27). Toda la historia de la salvación es un camino hacia la unidad santa y eterna. Nosotros no somos pasivos y mudos espectadores en el plan de la salvación, Pero parte viva del diálogo divino. Nosotros también nos investimos de la misión trinitaria, hasta los confines de la tierra.








Es el Espíritu Santo  que en nosotros grita: “¡Abba, Padre!”, en el Hijo, a través del Espíritu Santo, Somos admitidos verdaderamente en aquél movimiento que conduce al Padre.














Somos “miembros de Cristo”: Por Cristo, con Cristo y en Cristo, en la unidad del Espíritu Santo, damos al Padre ¡Todo honor y gloria!







Entramos  en el himno de agradecimiento que llamamos “Eucaristía” y que nos hace sentar en el banquete de Dios Padre, Dios Hijo Y Dios Espíritu Santo.La contemplación de la Trinidad a través del Ícono de Andrej Rublëv revela el sentido más profundo de la misión, descrita por el Concilio Vaticano II  como plan trinitario de hacer de la comunidad divina y de la comunidad humana una sola familia. El destino del hombre se aprende en esta contemplación, así como había orado Jesús:  “Padre, donde estoy yo, quiero que estén también aquellos que me has dado” (Jn. 17, 24). Había ya pedido: “Padre que sean todos uno, como nosotros, para que el mundo crea” (Jn. 17, 21). También la historia humana sobre la tierra adquiere sentido desde contemplación. San Sergio lo había experimentado  en tiempos históricamente terribles: los tártaros invadían Moscú poniéndola a fierro y fuego. Todo era guerra, división, odio y muerte. Pero los textos dicen que Sergio de Radonez erigió la Catedral de la Trinidad, para que él y sus compañeros que han venido a compartir sus vidas contemplando la Trinidad, aprendieran a vivir en la tierra. ¡Abba,  Hijo,  Espíritu! Tú nos llamas a todos, desde ahora, a una comunión sin fin contigo. ¡Oh Dios, Uno y Trino!

Leia também