Espiritualidad: En principio,la Palabra



….. Bebemos a nuestras fuentes…..

Padre Dário y Madre Eusebia no escribieron libros, no llenaron el mundo de palabras, tejieron sus vidas con gestos concretos de amor y ternura. ¡Encontraron a Dios! Dios los ha tocado y ellos respondieron “sí”, simplemente, como María. Casi asustados de su osadía, eran confiados y conscientes  que a los santamente osados Dios nunca niega su ayuda. Han seguido con alegría a Jesús, honrados de reconocerlo y servirlo en los últimos.

Inmergidos en el corazón del evangelio, con frescura y alegría de corazón han repetido al pie de la letra sus gestos y sus palabras. Dios reveló a ellos su corazón y ellos lo han contado a todos los pequeños que encontraron en su camino.

De su amor a Dios y a los hermanos brotaron con gran naturaleza las más distintas flores de su caridad y los milagros se realizaron con toda simplicidad.

….. Padre Dário y Madre Eusebia: evangelio vivido …..

Padre Dário y Madre Eusebia se acercaron a la Palabra de Dios, en la meditación y en la vivencia cotidiana, como a Palabra viva, con un encuentro inmediato con Jesús. Y Jesús los hizo íntimamente partícipes de sus sentimientos, de sus gestos, de sus actitudes interiores.

Padre Dário ha sido particularmente tocado por la compasión de Jesús delante de las muchedumbres perdidas, como ovejas sin pastor. Como Jesús, él veía lo que los demás no veían: una muchedumbre inmensa de sufrientes a los que ninguno pensaba.

En esta Palabra de Jesús es fundamentada su misma llamada: “…Conmovido al espectáculo miserando de tantos pobres enfermos, afectados por enfermedades insanables rechazados por los hospitales comunes y abandonados hasta por sus propios parientes en sus propias casa…”, Padre Dário ha madurado la urgencia interior de dar inicio a la Familia de las “Hijas de San Eusebio de Vercelli” para que ejercitaran el ministerio de la caridad para los últimos y abandonados.

De aquí partió su audaz búsqueda de una casa que pudiera acoger los rechazados de la sociedad. Habiendo encontrado diversos alojamientos aptos a la finalidad, él mismo hizo la experiencia del rechazo: “…no hemos podido obtener ninguno, porque luego que se conocía nuestras intenciones, nos  lo negaban casi con horror… La cercanía de pobres enfermos que pueden ser infectos a causa de dolencias repugnantes, no es grato a la  mayoría de la personas, ni tampoco deseada… Pobre…, sin plata, sin conocer a nadie, conciente de mi poqueza… pobre zapatero de calle no había nada mejor de hacer que orar y esperar…”. Es la experiencia de María y José en Belén: “…no había lugar para ellos en la hospedaría…”.

“Recoge las migajas para que nada se pierda…”. Como Jesús, también  Padre Dário sabía coger, más allá de las apariencias, el hambre y la sed más profunda de las muchedumbres de su tiempo. Su misión sacerdotal lo llevaba no sólo a acoger en casa las migajas de humanidad abandonada y rechazada, sino a responder al pedido de la iglesia que solicitaba a ir al encuentro de las masas “…para llevar en el mundo aquel soplo de cristiana fe, caridad y piedad que debe reformar la actual sociedad ya demasiadamente alejada de Dios… El servicio a los enfermos en sus propias casas es por lo tanto uno de los medios que puede trasmitir a las familias, aquellos sentidos cristianos apagados o totalmente olvidados…”

Padre Dário insistía que sus hijas enfrentasen una formación sólida y vigorosa y se dedicaran a una oración intensa y continua. Se trataba de enfrentar una misión delicada, difícil, empeñativa, expuesta a continuos riesgos y peligros. Su formación era en el mismo campo, a través de la caridad ejercitada y vivida en todas sus expresiones: benevolencia, bondad, dulzura, consolación, paciencia, buenas maneras, espíritu de sacrificio, alegría. Debían evangelizar con sus vidas.

Cuando Padre Dário enviaba alguna de su hija a la  cabecera de un miscreiente, de un libre pensador o de una persona hostil a la iglesia, entonces la masonería era muy difundida, recomendaba: “…no hable de Dios, mas bien trasmite a Dios con tu caridad hasta suscitar en el otro el deseo de Dios…” Y el mismo Padre acompañaba la vigilia con la adoración y la intercesión nocturna.

Así escribía a las primeras hermanas: “…no debemos desalentarnos porque, como dice la Sagrada Escritura: ‘vis vi unita fortior’: la fuerza unida a otra fuerza se vuelve más fuerte…”. La caridad y la intercesión, juntas, eran evangelización plena, al punto de obrar milagros continuos de conversión.

Desde el misterio de Dios Amor, contemplado en la meditación y en la oración, brotaba el fuego de su misión, que llevaba de vuelta muchos alejados a la comunión con Dios. Querían reproducir el ejemplo de Jesús, venido no por los sanos sino por los enfermos, no para los justos sino para los pecadores. Hasta el sacrificio extremo de la cruz Jesús cumplió la misión recibida del Padre: reunir todos los hijos de Dios que estaban dispersos. Y la vida de Padre Dário y Madre Eusebia ha sido toda marcada por la cruz, cargada en silencio y con amor, para la salvación de los hermanos.

Como Jesús que “…pasó haciendo el bien a todos…”, también Padre Dário, con Madre Eusebia y las primeras hermanas, han abierto sus corazones y las puertas de sus casas “…a cualquiera persona en situación de necesidad, sin alguna discriminación de edad, sexo, condición social, raza y fe religiosa…”. Estaban convencidos que cada hombre es nuestro hermano, cada hombre es hijo de Dios Amor, cada hombre es portador de Dios Amor. Sin embargo su predilección era para los más débiles, para aquellos a quienes nadie piensa, para aquellos que no tienen voz, para aquellos que vienen rechazados por todos. Esta atención a la preciosidad de cada persona humana, continúa a ofrecer una recuperación de valores humanos y espirituales, que pueden contribuir a la construcción de la civilización del amor, según la urgente invitación de Pablo VI, nuestro amado cardinal protector.

“Jesús pasó haciendo el bien a todos…”: esta Palabra continua aun hoy a atraer nuestro corazón. Enciende en nosotros el deseo de  continuar a hacer de la Casa Madre el corazón de nuestra familia religiosa para que sea farol de irradiación como en los tiempos de nuestros fundadores. Nos solicita a una abertura de caridad en la medida de Jesús, de San Eusebio y de nuestros Fundadores. El espíritu de familia que, en las orígenes, reinaba entre todas, continúa a caracterizar lo que hoy osamos llamar nuestra “aldea de la caridad”. Que todos los que toquen a nuestra puerta puedan encontrar escucha, ayuda, consolación, serenidad, como es el corazón de Dios Amor.

La caridad podrá florecer e irradiarse en expresiones siempre nuevas, creativas, inundando la ciudad y el mundo, se todos juntos, como una grande familia, continuaremos a beber a la fuente viva de la Palabra. Solo la Palabra vivida personalmente y comunitariamente nos dona, más allá de nuestras limitaciones, la prontitud y la disponibilidad a dar nuestro “sí”, como María, a los nuevos excluidos de hoy. Sólo un grande amor fecundado por el Espíritu, es capaz de sanar las heridas.

Se hace así verdadero el himno comunitario, expresión de nuestro carisma, que nos lleva constantemente a la misión de Jesús: “…Es espíritu del Señor está sobre mí. El Espíritu del Señor me ha consagrado y enviado a llevar la buena nueva a los pobres, a vendar las llagas de los corazones quebrantados, a proclamar la liberación a los cautivos, la excarcelación de los aprisionados, a promulgar el año de misericordia del Señor…” (Is 61,1-2; Lc 4,16-21).

Madre Eusebia en el momento más oscuro de la prueba, ha recibido de las máximas autoridades civiles de la ciudad, la invitación a ponerse al servicio de los encarcelados, como mensajera de consolación durante su detención, como buena samaritana en su salida de la cárcel, brindando el calor de una casa y el apoyo para su inserción en la sociedad.

Hoy, con asombro, descubrimos que aun las autoridades civiles piden a nuestra aldea de la caridad de volver a ser una verdadera alternativa a la cárcel, para recuperar a la serenidad, a la paz, a la confianza, a la misericordia, los corazones quebrantados. Nos parece de poder afirmar que nuestra respuesta es fruto de la Palabra y del asiduo ejercicio de la Lectio Divina. Pero también el crecer de nuestra sensibilidad hacia las personas más frágiles es motivo de agradecimiento a Dios Amor que inunda a todos.

Ver y servir a Jesús en el pequeño, en el pobre, en el débil, en el sufriente, ha sido nota característica de toda la vida de Madre Eusebia. Este ministerio sacerdotal lo ha transmitido también a sus hijas, en el cotidiano.

Ya próxima a la muerte así ha sintetizado su mensaje evangélico: “…Hijas, lo que hacen, háganlo de buen agrado por amor a Dios. Recuerden que Jesús retendrá  hecho a sí mismo lo que hacéis a quien sufre; aun un solo vaso de agua, dado en su nombre, será recompensado. Recuérdenlo siempre…”.

“…A mí lo hicieron…” (Mt 25,35-40): es otra Palabra de Dios que caracteriza nuestro carisma de caridad en la iglesia.

…..Bebamos a la fuente viva de la Palabra…..

El carisma es vivo e genera vida nueva en la medida en que se alimenta constantemente a la fuente viva de la Palabra de Dios.

Padre Dário ha sido tocado por la experiencia espiritual de San Eusebio y de su Cenobio. Una experiencia evangélica  que nos lleva a la vivencia de la primera comunidad de Jerusalén. Los primeros cristianos eran asiduos en la escucha de la enseñanza de los Apóstoles. Estos, transformados en criaturas nuevas por la experiencia de Pentecostés, transmitían con la Palabra y con la vida los dichos y los hechos de Jesús. El testimonio de la presencia del resucitado en medio a la comunidad era así viva que no pensaron luego en escribir los evangelios. La misma comunidad cristiana era el evangelio viviente de Jesús anunciado con la vida.

Y la Palabra de Jesús se difundía. Los que la acogían se hacían bautizar y a cada día el Espíritu acrecentaba nuevos miembros a la comunidad.

La Palabra y el Cenobio eusebiano…

Este clima de evangelio vivido había inspirado el cenobio de Vercelli, donde Eusebio era la regla viviente. Los cenobitas y las vírgenes, contagiados con su ejemplo y su santidad, aprendían a vivir juntos en un solo corazón y una sola alma, a poner todo en común y a la misión.

Sabemos que Eusebio nació en Sardeña. La tradición indica en Cagliari la ciudad natal. No se conoce nada sobre su infancia y adolescencia. San Girolamo y San Ambrosio testimonian que Eusebio dejó la isla aun jovencito y fue alumno de la escuela eclesiástica de Roma, donde fue ordenado “Lector”.

Como lector debía leer trechos de la Sagrada Escritura en las asambleas de fieles, reunidos en las festividades y en las vigilias nocturnas en preparación a las solemnidades y conmemoración de los mártires. Por los testimonios de personas de la iglesia contemporáneas o de poco posterior, venimos a conocer la elevación espiritual de Eusebio lector.

En su residencia en Roma se había impuesto una austera disciplina de mortificación y de penitencia y, con la asidua oración y contemplación, se preparaba, sin darse cuenta, al ministerio pastoral que lo esperaba luego de su elección a obispo de Vercelli.

En Roma conoce Santo Atanasio, el grande confesor y valiente defensor de la verdad pura y llena sobre el misterio de la Trinidad, como también testigo de la vida monástica de la Tebaida y sobre todo de la vida del grande Abba Antonio. Esta amistad tuvo una fuerte y duradera incidencia sobre toda su vida y sobre el cenobio por él fundado.

Entre sus compañeros de escuela y de ministerio en el Lectorado, Eusebio conoció y frecuentó como amigo aquel que, en la edad madura, se volvió obispo de Roma: Papa Liberio. La estima mutua era tan grande que el Papa, en circunstancias graves para la fe católica, se dirigió espontáneamente a Eusebio, ya Obispo de Vercelli, para elegirlo su legado y representante, como consta en algunas cartas que Liberio escribió a Eusebio y que llegaron hasta hoy.

Eusebio lector no sólo conoció y profundizó las Sagradas Escrituras, sino hizo de ellas el fundamento de su vida espiritual y contemplativa: en Roma ofreciendo a los fieles, reunidos en asamblea litúrgica, la Lectura Orante de la Palabra; a Vercelli, eligiendo para sí e para su cenobio uno estilo permanente de vida santa.

Durante el exilio, un joven eclesiástico de Antioquia, Evagrio, sintió el fascino espiritual de Eusebio hasta que lo quiso seguir en el viaje de retorno a Vercelli para ser formado a la escuela de su Cenobio. Evagrio, se volvió, después, obispo de Antioquia, sucesor de Pedro, de Ignacio…

En su viaje de Antioquia a Vercelli, Eusebio llevó consigo los evangelios y el comentario a los salmos, escritos en griego por Eusebio de Cesarea: un material precioso para su cenobio.

Eusebio Lector de la Palabra que se hace oración y vida, ahora se hace traductor de la Palabra, más bien el primer traductor, junto a sus cenobitas, de los evangelios y de los salmos del griego al latín. Es el precioso “Códice A” celosamente custodiado en el tesoro de la Catedral de Vercelli, como una reliquia.

La traducción latina ha sido hecho no por motivos de estudio, más bien para la oración y la formación de los cenobitas y vírgenes, para la evangelización de la ciudad e de los campos en el idioma del pueblo.

En el siglo IV la Palabra y los textos litúrgicos aun estaban escritos en griego, lengua conocida sólo por los eruditos, mientras la lengua común era el latín.

El Cenobio eusebiano sintió la necesidad de evangelizarse para evangelizar. Por eso ha percibido la importancia de traducir los textos litúrgicos en el idioma que todos podían entender. Es motivo de sorpresa descubrir como lo mismo se pasó, en nuestros tiempos, con la “Sacrosantum Concilium” en el Concilio Ecuménico Vaticano II, cuando se pasó del latín como lengua oficial de la iglesia católica, a los idiomas actuales de los países del mundo.

La Palabra ha iluminado San Eusebio particularmente sobre el misterio de la Santísima Trinidad. A lado de Atanasio, él es uno de los mayores confesores de la fe nicena en el misterio de la encarnación de Jesús, verdadero Dios y verdadero Hombre.

La comunión fraterna sobre el modelo de la comunión trinitaria y la divinización del hombre realizada por la pascua de Cristo son la base de la vida del cenobio y del contenido de toda su evangelización. Los cristiano en la iglesia eusebiana se forman sobre la sólida roca de la Palabra, rectamente entendida y auténticamente vivida, al punto de sustentar en la fidelidad, también durante la tormenta de la herejía arriana que había arruinado la iglesia occidental y oriental y había confinado en el largo exilio su Padre y Pastor.

La confirma que sus hijos se habían quedado firmes en la verdadera fe será el mayor motivo de consuelo y de esperanza para Eusebio en el exilio. Pero la fuerza de los hijos venía también del heroico testimonio de su Obispo, dispuesto a dar la vida para la pureza de la fe, trasmitida por los Apóstoles y madurada al Concilio de Nicea bajo la guía del Espíritu.

Hoy, mirando a distancia este evento, con asombro y conmoción descubrimos que se trata de una experiencia excepcional del IV siglo: la entera comunidad cristiana de la iglesia eusebiana se mantiene fiel en el universal naufragio de la fe donde se cayeron obispos y fieles de toda la iglesia de entonces, salvo poquísimos confesores y testigos hasta el martirio.

A la luz de hoy nos atrevemos a decir que el cenobio y la comunidad cristiana de Eusebio vivían permanentemente la medida alta de la vida cristiana. Era una verdadera “misión permanente”. Tal era la fama de su santidad que se volvió costumbre de las diócesis de una grande parte de Italia, con sede vacante, llegar al cenobio eusebiano y eligir allí su propio obispo.

La Palabra y nuestros Fundadores…..

Dal testimonio unánime de las primeras hermanas, nada era más precioso al corazón de Padre Dario el de averiguar cotidianamente si sus hijas hacían bien la meditación, si esa se hacía su alimento constante a lo largo del día, sobre todo si la ponían en práctica en el amor fraterno y en la caridad hacia los pobres.

La meditación, entonces, era leída en común, sobre textos que comentaban la Palabra de Dios y particularmente el Evangelio. Toda la iglesia vivía aun el exilio de la Palabra. Se estaba lejos de la “Perfectae Caritatis” que exhorta los consagrados a tener cotidianamente en las manos las Sagradas Escrituras. El contacto con la Palabra no era directo sino mediato a través de comentos.

Sin embargo, la insistencia a enraizar la vida sobre la Palabra y sobre el Evangelio es particularmente significativa y vital. Padre Dario, Madre Eusebia y las primeras hermanas solían repetir a las jóvenes en formación: …Eucaristía y pecado pueden convivir, pero no pueden estar juntos meditación y pecado… La meditación – hoy diríamos la Palabra – tiene el poder de formar, de convertir, de sanar, de cambiar, de santificar la vida.

En el año 1925 Padre Dário, afectado da hemiplejia, se encontraba en la comunidad de Varese. Dos veces por semana iba a Baveno para la terapia termal. Hermana Fedele, que tuvo la suerte de acompañarlo alguna vez, así testimonia: “…En el barco me hacía la meditación, hablaba todo de vida interior, de cosas espirituales, y yo era muy feliz. Una vez fuimos al sagrado monte de Varese. Celebró la Santa Misa a los pies de la Virgen. Hemos rezado por su sanación. Nadie estaba más feliz que nosotros…”

Hermana María, por su vez, escribe: “…El Padre amaba tanto el silencio, el recogimiento y, a lo largo del día, encontrando las hermanas atendiendo a los enfermos, preguntaba a una y otra hermana: “…dime la meditación de esta mañana. ¿Qué te ha sugerido Jesús? ¿Qué le has prometido de hacer?”.

Y Hermana Esperanza añade: “…cuando lo encontraba, el Padre me preguntaba: ‘…¿has rezado? ¿Has meditado? ¿Qué propósito hiciste?’ Después añadía: ‘tenga fe y confianza en el Señor, es la única manera de vencer las tentaciones y superar las dificultades’. Sus palabras penetraban en mi corazón como gotas de bálsamo espiritual y me infundían tanta alegría y serenidad para continuar mi camino”.

A su vez, Hermana Flavia así escribía: “…La bondad del Padre se quedó profundamente esculpida en mi corazón. Todas las veces que hablo de él a las hermanas, aún me siento conmovida después de veinte años. El Padre hablaba poco, prefería escuchar, pero sus palabras han dejado en mi alma una huella imborrable… Nunca me iba del Padre sin llevar unas enseñanzas y fuerte persuasión. Me sentía feliz cada vez que se me presentaba la oportunidad de hablarle…”.

Podemos decir que el evangelio impregnaba las palabras de Padre Dário. Por eso incidía, con su luz y su bondad, en el corazón de las hijas y en los corazones de sus tesoros que, felices, lo llamaban “Padre” siempre que lo encontraban. Padre Dario era un verdadero Padre en el espíritu: una característica que desde siempre lo ha caracterizado en su ministerio sacerdotal. Él guiaba en los caminos del Señor con la palabra convincente, más  aún eficazmente con la humildad y la santidad de vida.

La Palabra hoy, nos conduce…

Nuestro carisma de caridad es un pequeño granito de mostaza que, en el surco de la iglesia de hoy, a través de nosotros, tiene la posibilidad de desarrollarse, profundizarse, expandirse. Su vitalidad depende de nuestra capacidad de enraizarnos siempre más en profundidad en nuestras fuentes y de abrirnos al dinamismo de lo Espíritu que conduce la iglesia hoy.  Nuestra familia religiosa ha conocido desde su interior, por experiencia, el pasaje del clima que caracterizaba la iglesia antes del Concilio a la nueva primavera del Vaticano II.

Nunca agradeceremos suficientemente al Señor por haber vivido los fermentos de renovación, que se advertían en el aire y que hacían estremecer de vida y de esperanza nuestro corazón. Hemos vivido el pasaje de una visión estática de la consagración a un dinamismo, que advertíamos imparable. Era el mismo Espíritu de las primeras comunidades cristianas. El Espíritu del Cenobio de Eusebio. El Espíritu de la Buena nueva. ¡El Evangelio!

El Espíritu nos ha conducido, con grande sorpresa, a nuestras fuentes y abrió de par en par nuestra familia a las riquezas de la Iglesia. Los documentos conciliares los hemos sentido en la sangre, los hemos hechos nuestros, nos han inmergido en nuevos horizontes. Hemos respirado aire nuevo. El Espíritu nos hizo sentir la exigencia de encarnar el evangelio en la vida con la frescura que descubríamos en Padre Dário, Madre Eusebia, y en las primeras hermanas. Cogíamos en nuestras orígenes un clima que nos reportaba a las primeras comunidades cristianas.

Desde esta vivencia brotaron nuestras constituciones renovadas, todas permeadas de evangelio. Un texto que todas sentíamos inspirado, porque confirmado con profunda alegría y conmoción de las hermanas más ancianas, que habían vivido con los Fundadores. Conmoción que era convalida de fidelidad, en la novedad del Espíritu.

Desde entonces, todo ha sido marcado por la Palabra. Hemos constatado, con convicción y gratitud a Dios, que la Palabra tenía el poder de tocar los corazones, de convertir, de recrear el clima comunitario favorable al dialogo y a la escucha mutua.

Atraídas por la Palabra desde los años ’80, hemos advertido la exigencia de iniciar, tímidamente, un camino de  experiencia de Lectio Divina comunitaria, encontrándonos semanalmente, en pequeños grupos, alrededor de la Palabra del domingo.

La Palabra nos iluminaba el rostro de Dios Amor. Un rostro que descubríamos en manera nueva y, que marcaba gradualmente en nuestra mentalidad, en nuestra manera de servir a los pobres y sufrientes. Nos sentíamos siempre más cercanas y más en sintonía con nuestros Fundadores y con la Iglesia de hoy.

Bajo el impulso del Concilio, hemos orientado nuestra meditación directamente sobre la Palabra de Dios de la liturgia diaria. Paso a paso, llegamos a la Lectio Divina como camino formativo, personal y comunitario, que quiere abrazar toda la vida.

“En principio, la Palabra…” (Jn1,1): Comenzamos a poner la Palabra como fundamento de nuestra vida consagrada. La Palabra se hizo progresivamente el centro, el corazón, la roca, nuestra trasformación en Cristo, personal y comunitaria. La Palabra nos lleva al momento originario de nuestra llamada. Hemos aprendido a reconocer y a creer al amor que Dios tiene para  con nosotros, respondiendo con nuestro “¡Heme aquí!...”

Con el recién Capítulo del 2006, ocurrió, para todas nosotras, un paso más en la conversión de mentalidad. Hasta entonces habíamos vivido la sensación de ser nosotras a ir hacia la Palabra. El Espíritu Santo nos abrió un surco nuevo. Nos hizo tomar conciencia que es la Palabra que nos conduce. Es la Palabra que viene a nosotros. La Lectio Divina es Obra de Dios (es Opus Dei) en nosotros.

La Lectio Divina nos ha ayudado a pasar de una espiritualidad individual a una espiritualidad de comunión. Ha suscitado en nosotros la exigencia interior de retornar a la simplicidad evangélica de las vírgenes eusebianas y de la primera comunidad de Jerusalén, donde todos eran un solo corazón y una sola alma, suscitando en nosotros sorpresa, conmoción, alegría por haber redescubierto nuestros verdaderos orígenes. Nos hizo vislumbrar la estrada para vivir relaciones trinitarias entre nosotros y con todos.

Mirando a la Trinidad, espontáneamente nos hemos orientadas a la luz de tres íconos: el ‘misterio’, la ‘comunión’, la ‘misión’. Este es el camino de la iglesia del tercer milenio. Nosotras lo hemos acogido como don del Resucitado, vivo y presente en el medio de nosotras reunidas en su amor. Un don pregustado y un camino aún todo de ser recorrido todavía, pero que hemos decidido caminar hacia él.

La Lectio Divina continúa en alimentar nuestro carisma de toda la Palabra vivida en la iglesia, desde las primeras comunidades cristianas hasta hoy. La Palabra hizo un camino en nuestra historia. La Palabra continúa a formar nuestra comunidad. Sobretodo la ‘communicatio’ es comunión de corazones, es unidad de pensamiento, es entendimiento en el actuar, es adhesión libre y espontánea. Se respira paz y alegría, frutos del Espíritu.

El deseo es que cada hija de San Eusebio, plasmada por la Palabra, pueda retornar a la frescura de la primitiva respuesta a su llamada. Todas, en las orígenes, hemos escogido a Dios como nuestro “Tu”, como nuestro “Todo”. ¿Cómo responder, con la misma frescura, al llamado de cada día? Caminando juntas hacia el encuentro con Dios y sosteniéndonos mutuamente en la fidelidad.

El Espíritu continúa a confirmarnos en la certeza de que es Dios que guía la historia de nuestra familia religiosa. Es Dios que guía nuestra historia personal. Es Dios que nos muestra cómo nuestra pequeña historia está bien injertada en el grade proyecto de la historia de la salvación.

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