El llamado

“Aun muy joven, yo sentía muy claramente la voz de Dios que me llamaba a ser su esposa. El mundo no tenía nada que me podía atraer; el sagrado muro del convento me atraía fuertemente y allí abría experimentado el verdadero gozo; allá era el lugar que mi corazón deseaba.

A la edad de 19 años pedí a la Madre Superiora de la Hermanas del Santo Natal que me recibiera en la pía casa para ser religiosa. Logré entrar en la vida religiosa después de muchas prueba, porqué mis padres no querían de ninguna manera que entrara en convento. Mi querido papá me hizo sufrir mucho, me cerró en la casa y se opuso con toda su autoridad paterna. Entonces yo rezaba aun más intensamente al Señor a que iluminare a mis queridos padres, especialmente a mi papá. Pero un día inesperado me dieron el permiso tan deseado…. ¡En aquel momento sentí un inmenso gozo y gran consuelo ¡  Antes de partir, me arrodillé delante de mis queridos padres, ellos me dieron  su bendición paterna y materna. Partí de Milán el 29 de Marzo de 1887 y fui de las hermanas del Santo Natal a Turín…probé una inmensa alegría  al servir al Señor… cualquier trabajo que la obediencia me daba, lo hacía con tanto amor que no sentía tampoco el cansancio. Amaba la casa del Señor con todas mis fuerzas.

Por muchísimos años viví feliz y contenta; trabajaba en casa y también a fuera y nunca, nada turbó la paz y la tranquilidad de mi espíritu; pero me esperaba, una prueba muy dolorosa; un día mis Superiores me dijeron que sobre de mi  se pensaban cosas grades; pero no quisieron explicarse claramente conmigo. Ellos inspirados a enviarme nuevamente al mundo.

De nada sirvieron mis suplicas, y con gran tristeza, tuve que dejar aquella casa por la cual había trabajado por muchos años”.

(Desde la Autobiografía de Madre Eusebia)

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